Abr 25, 2011
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PRIVILEGIADA NATURALEZA

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Hace un par de semanas recorrí nuevamente el sendero que, partiendo de Los Aceviños, atraviesa la Hoya de Mena y sale unos 150 metros más arriba de la Ermita de San Juan, en Hermigua, en lo que llaman Ancón de Liria. La impresión fue indescriptible. El cambio en la zona, radical.
La primera vez que caminé por allí fue en junio de 2008, apenas dos meses después del incendio que asoló la zona y que dejó en aquella altura un escenario fantasmagórico, un paisaje de muerte y desolación.
Lo que una vez fueron arbustos y árboles eran entonces maderos renegridos, como clavados en el suelo al igual que cruces de cementerio desprovistas y desangeladas. Eran los testigos mudos, y las víctimas al mismo tiempo, de la chamusquina cuyo olor invadía todo el ambiente y que había trastornado también el color y la condición de la tierra, convertida en compactos terrones ocre.
Pero hace 15 días la situación era bien diferente. La vida, que había quedado oculta bajo la costra de carbón y muerte, se manifestaba ahora de nuevo en todo su esplendor. Hasta donde habían conseguido llegar las cuadrillas de recuperación de las instituciones el cambio era mucho más notable, pero era igualmente sorprendente ver cómo el verdor cubría también con un manto espeso y de diversos matices la ladera de enfrente del camino, más escarpada e inaccesible.
La Naturaleza nos sorprendente en cualquier parte. Pero en La Gomera, tomando en cuenta también la geografía, constituye una joya incalculable. Apenas 378 kilómetros cuadrados albergan manifestaciones que, o no se repiten en ninguna parte, o constituyen una escasísima muestra del tesoro natural o geológico del mundo.
El hecho de verlos cada día nos hace perder las referencias. Aunque no es culpa nuestra. Sucede igual -como comentaba con el amigo Sito Simancas- que cuando compramos una obra de arte y la ponemos a la entrada de la casa. Una vez apagado el entusiasmo por la nueva posesión, se convierte inconscientemente en parte del mobiliario ordinario. La admiramos al principio, la ignoramos después, y al final la olvidamos. Y si ya estaba allí al nacer nosotros, su aparente insignificancia es mayor. Asimilar que las obras de arte no se deprecian con el tiempo, sino que ganan en valor, nos cuesta entonces un poco de ejercicio intelectual.
Si tomamos en cuenta que los sabios rabinos judíos datan en cinco mil y pico de años la existencia del mundo y que Adán y Eva fueron creados un poquito más acá -un piquito menos, digamos-, resulta que la laurisilva del Parque Garajonay, ecosistema con 20 millones de años, ya estaba aquí cuando en ese otro lugar que todavía no se ha podido ubicar, El Edén, nuestros primerísimos antepasados empezaron a hacer guarradas después que los enardeció el jugo de aquella manzana de la que comieron.
Además de su edad de 20 millones de años, la laurisilva desapareció del resto de Europa y del norte de Africa cuando todavía nuestros bisabuelos no pensaban nacer, y aunque sólo se conserva en la Macaronesia (Canarias, Azores, Madeira y Cabo Verde) únicamente en La Gomera posee tanto vigor y extensión, casi cuatro mil hectáreas que constituyen un 10 por ciento de la superficie de la isla.
Otros tesoros, esta vez geológicos, son los Roques y la sorprendente pared de Los Organos, formación cuya estructura sólo se repite en menos de una docena de escenarios en todo el mundo.
Tal patrimonio necesita protección y mimo, y comprensión de su condición absolutamente irrepetible. Porque en el caso de una obra de arte puede aparecer otro genial artista que copie o supere con poco esfuerzo y tiempo la primera obra, pero reproducir las manifestaciones de la Naturaleza sólo es posible con una prolongada re-creación. Además de que ese creador, sea Dios o el Big-Bang, pudiera estar ya agotado.
El Cabildo se ha empeñado en la tarea de conseguir para La Gomera la designación de Reserva de la Biosfera. Una vez lograda, convertirá a los que viven en la isla en guardianes de una herencia común con los otros seis mil millones de seres humanos del planeta que, recordemos, son también parte de la Biosfera. Y quizá también potenciales usufructurarios del disfrute visual de roques y laurisilva si alguna vez se siente tentados a viajar como turistas cuando se divulgue la feliz noticia.

Luis Manuel Gonzalez

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Opinión

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