Ago 3, 2018
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El Viajero ofrece la visión del novelista Vicente Molina Foix sobre Fuerteventura como playa infinita

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El Viajero, el suplemento de viajes del diario El País, se hace hoy eco de los encantos de Fuerteventura, en un extenso reportaje que propone al visitante un paseo sosegado por espacios distintos a los más turísticos de Jandía, cuya belleza salvaje y virginal no entra a ponderar. ”Uno de los mayores encantos de la isla es el contraste que ofrece entre las líneas costeras y su interior, a veces recóndito y lleno de sorpresas”, escribe.

Publicado en la serie Viajes de autor, el novelista Vicente Molina Foix ofrece su personal visión de la isla, que define como ”playa infinita”, y sugiere al lector viajero una ruta en tres hitos, con el queso y el gofio majoreros como provisiones para el camino, y las cabras y camellos de acompañantes visuales: Lobos, el del norte, desde Corralejo a La Oliva, y Betancuria.

Del primero, destaca Molina la posibilidad de hacer ”una excursión, bien señalizada en caminos trazados que no molestan a su rica fauna ni estropean la flora; la playa blanca de La Concha está entre las mejores de la zona, aunque su principal atractivo radica en la propia formación volcánica, con una altura máxima de 127 metros en la llamada montaña de La Caldera”.

Del segundo admira extasiado Tefía, ”una aldea que conserva lo que podríamos llamar un museo al aire libre de construcciones domésticas tradicionales, tan sencillas como auténticas, y una demostración de los especímenes de molinos de viento machos y hembras, una dualidad que se aprende en este viaje. El macho es de dos plantas y circular de contorno, con cuatro o incluso más aspas en su techumbre cónica. Yo encontré más historiado el molino hembra, aquí llamado molina. Las molinas majoreras son de menor tamaño y de planta cuadrada, y la del llano del Almácigo, en el camino hacia Antigua, es un prodigio de rústica elegancia”.

En Betancuria, señala el novelista que ”pese a su mezcla de estilos, o por ella, el templo ofrece numerosos alicientes, y su balcón corrido de madera luce en la fachada posterior. Saliendo del pueblo llama la atención la estructura restante del antiguo convento de San Buenaventura; la poética de las ruinas funciona en su caso con especial poderío”.

La sombra de la estancia de Unamuno, ”que se prendó de la isla”, planea sobre cada una de las etapas de este viaje propuesto. Escribe Molina al respecto que ” no es fácil hoy —salvo que uno sea un bañista pendiente solo de su bronceado— visitarla sin encontrarse la voz y la sombra unamunianas (…) El confinamiento le da al pensador el soporte de una nueva tierra que le deslumbra con algo que hoy, mucho más construida, comercializada y visitada que entonces, sigue vigente: la desnudez mineral, la ondulación de la piedra apenas señalada por unas plantas ralas, la eminencia, más al norte y el centro de la isla que al sur, de un encadenamiento montañoso abrupto, pardo y seco, pero atenuado de color en las laderas, donde aparecen para compensarlo, como coqueterías del poblador nativo llamado majorero, los perfiles airosos de sus molinos y la vivísima mancha blanca de sus más preciosos pueblos, como La Oliva o Betancuria”.

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Fuerteventura

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