May 14, 2018
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Gota a gota

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Su cara la surcan arrugas profundas parecidas a los surcos que el agua deja tras de sí. Y es que la vida de don Cirilo Pérez Hernández y la del agua han estado durante muchos años unidas por un lazo, que a día de hoy, es imposible cortar. Cirilo Pérez es de aquellos hombres recios palmeros que cavaron y se pelearon con las entrañas de la isla en busca del tan ansiado líquido cuando la “gran seca del 49” marchitó los campos palmeros. Nacido en Barlovento, hoy Cirilo a sus 79 años vive con su esposa una vida más tranquila alejada de las galerías en Breña Alta, “yo creo, me dice, que soy de los últimos que hicieron galerías de Barlovento; otro señor de 90 años y yo somos los que quedamos con vida, de allí, de Barlovento”.

Nacido en el 39, recién finalizada la Guerra Civil, el futuro de la isla y el de su familia era el de la hambruna “a mi madre recién parida, recuerda Cirilo, le tocaron a la puerta para que jurara fidelidad a Franco. Imagina la situación, me explica. Nací en una época donde el hambre era el día a día. Yo sé lo que es pasar hambre porque la pasé y en mi casa éramos 6 hermanos. Así que el trabajo en las galerías cuando pude era la salida adecuada”. Con 17 años comenzó a trabajar en las galerías. La de Trocadero fue la primera, pero a causa de un “pleito por las lindes de la galería” se fue a trabajar a la de La Faya en el municipio de San Andrés y Los Sauces.

Para su familia, y, para la de otros muchos hombres, aquel trabajo arriesgado era lo habitual, “es que era así, no había nada más, y para nuestras familias aquel era un trabajo con el que se traía algo más de dinero a casa y se veía como algo normal, no se pensaba en nada más”.

Los ojos de Cirilo brillan recordando su vida y trabajo y, les aseguro, que yo estoy disfrutando escuchando este relato. Las jornadas de trabajo eran de 12 a 14 horas al día de lunes a sábado “en las galerías trabajábamos a mano, levantábamos mazas de 4 kilos para agujerear las paredes y era difícil si tenías que tirar la maza hacía arriba porque la galería debía tener una altura. Nosotros nos guiábamos por la medida del más alto”. En muchas ocasiones apuraban las horas del viernes y trabajaban los tres turnos “de corrido” para poder salir antes el sábado y estar con la familia “pero no te creas que era llegar a casa y dormir, a mí me esperaban en casa para ayudar en las huertas, o bien para plantar, o, para recoger”. Su mente lo revive todo con una absoluta claridad, incluso para mostrarme como se tenía que coger aquella pesada maza, que me acaba de mencionar, se pone en pie en su casa y me muestra todo el giro de las manos y el cuerpo. Un trabajo, que a pesar de ser lento y no contar con la tecnología moderna, los hombres lo hacían con una notable rapidez “nos pagaban por metro, metro cavado 400 pesetas. Eso era mucho dinero en aquella época de hambre.

Pese a lo que, desde nuestra cómoda perspectiva actual, se pueda pensar, el trabajo estaba muy bien organizado. Cirilo me explica que, para trabajar en el frente de la galería, se necesitaban unas once personas. Para hacer un metro de galería se sacaban unos seis o siete vagones de piedra que circulaban sobre raíles de madera “muchos de esos vagones descarrilaban, recuerda, y los levantábamos sobre la marcha. Pesaban unos doscientos o trescientos kilos más o menos, no se podía parar”. Ya dentro de la galería se trabajaba con dos cuadrillas compuesta de tres hombres, mientras uno “volcaba” los escombros, los otros dos picaban la piedra en busca del tan ansiado líquido.

En su largo periodo trabajando en las galerías, Cirilo también desempeñó las labores de cabuquero, la persona que se encargaba de explosionar los barrenos para abrir pasos en la galería “habitualmente se elegía al más responsable del grupo. El presidente de la galería, explica Cirilo, debió pensar que yo era el mejor preparado en aquel momento y me eligió a mí. Yo ponía las mechas fuera porque si las prendíamos dentro se humedecían y no explotaban. Recuerdo que un metro de mecha, eso era lo que yo dejaba, tardaba 5 minutos en explotar”. La dinamita solía salir de Santa Cruz de La Palma a través del antiguo camino que se encontraba cerca de la harinera. “La pasta de dinamita” llegaba hasta la galería sobre bestias porque, de otra manera, era imposible “los cartuchos debían estar siempre contados para saber cuántos habían explotado. La gente cree que hubo muchos muertos por la dinamita, pero no fue así, me aclara Cirilo, los accidentes eran más comunes por los descarrilamientos de los vagones porque nos confiábamos”.

Son muchas las historias vividas por Cirilo en los siete años que trabajó en La Faya, pero sin duda el alumbramiento del agua era lo más esperado “nosotros sabíamos cuando la galería iba a alumbrar agua unos días antes de encontrarla, algunos se apresuraban y compraban acciones de las galerías. Cuando la galería daba agua, don Telesforo, el presidente nos daba unas 1000 pesetas que repartíamos entre todos. También nos brindaban agrados como cochino asado y vino. La gente era muy agradecida”. Las caras mostraban la decepción, recuerda, cuando el agua no brotaba porque las cuotas eran muy altas y el dinero en las casas muy poco.

Junto a Cirilo, durante toda esta conversación, ha estado su esposa Zeneida Ortega, quien asiente y, corrige, en algún momento a su marido. Se conocen desde siempre pero sus vidas se unieron tras dejar Cirilo las galerías “dejó el trabajo porque se enamoró y no de mí, me aclara, pero bueno las cosas no salieron como él esperaba y entre baile y más baile retomamos nuestra amistad y hasta hoy”. Aunque no estaban unidos en el tiempo en el que Cirilo trabajó en las galerías, Zeneida conoce el valor y el duro trabajo de aquellos hombres, así como el valor de una gota de agua “yo creo que la juventud de hoy en día no sabe lo que costó el agua, el esfuerzo que se hizo. En mi casa no se desperdicia una sola gota de agua porque sabemos su valía”

Y es muy cierto; si hoy disfrutamos del agua fue gracias a que hombres como Cirilo dedicaron una parte importante de sus vidas a buscarla dentro de galerías que se cavaban sin los actuales medios técnicos. Hombres que de forma silenciosa han contribuido a formar, no solo el carácter palmero, sino, me atrevería a decir el paisaje de la isla. Hombres a los que no se les ha dado un reconocimiento, pero cuyo trabajo, nuestra sociedad actual olvida con extremada rapidez al malgastar el agua, que gota a gota, una vez sudaron.

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Entrevistas · La Palma

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