Jun 1, 2017
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Un Lobo de Mar alemán en La Palma

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Como son las cosas; esta entrevista nace a raíz de ver una foto en mi Facebook; la foto de un amigo que hace poco entrevisté, Emilio Barrionuevo, y cuya apuesta por el blanco y negro en el retrato aporta, en mi inexperta opinión, vida a la mirada del que posa. Y fijando en la mirada de Hans Jürgen, lo que vi fue una expresión de lobo marino. La foto me impactó tanto que la mostré a un amigo y su respuesta fue inmediata, “sería el Capitán Ahab perfecto”. Así que de inmediato me puse en contacto con Emilio para saber si podría facilitarme una entrevista con él, tras haberme confirmado que sí, que aquella mirada penetrante era la de un viejo lobo de mar.

Hans me recibe en su casa situada en las afueras de Santa Cruz de La Palma. Tiene unas vistas privilegiadas del mar, su mar y la montaña. Se disculpa por su torpe español, y me dice que está aprendiendo a mejorar su español “estoy en clase de español, mi maestro es un chico muy bueno. Me deja hablar todo lo que quiero y luego me corrige”, me dice con una amplia sonrisa. La historia de Hans Jürgen y el mar se inicia desde su más tierna infancia. Nacido en Ámsterdam, emigra a Hamburgo con su familia donde vive cerca del río Elba “desde pequeño soñaba con ser marinero, veía los barcos navegando en el río, me gustaba; aunque no lo creas, también quise ser actor, se ríe, y creo que en mi profesión también hay que ser algunas veces un poco actor, así que he hecho las cosas que me gustan”.

Le parece asombroso que por una foto en una red social quiera hablar con él. Le explico que fue su mirada de lobo de mar lo que llamó mi atención y que si entiende el significado de esa expresión española “sí, la entiendo, me dice, me gusta y creo que se adapta muy bien a mí. He pasado toda mi vida en el mar como capitán de marina mercante y más tarde como adjunto a la Armada Alemana”. Esto aún despierta más mi curiosidad, si es que eso es posible “qué hacía para la Armada, le pregunto, les enseñaba; yo era como un enlace entre ellos y la marina mercante. En esa época, me explica, comenzaron a aparecer los piratas en la costa africana y la Armada Alemana desconocía como eran los protocolos y las disposiciones de la marina mercante. Así que, yo les enseñaba como eran todos esos protocolos para que escoltaran mejor a los barcos. Fue un tiempo, recuerda Hans, en que se preparaba los planes de operaciones con la OTAN”. Recuerda entre risas que fue más duro enseñar a los militares que su trabajo como capitán.

Largos trayectos en alta mar cargados de soledad. Viajes de seis meses transportando mercancías en los que asegura nunca sintió esa soledad de la que otros marineros hablan “para mí nunca fue un problema, para mi familia sí. Pero yo tenía muy claro lo que quería hacer; aprendí a vivir de forma independiente y consideraba mi carguero como un microcosmos con mis tripulantes. Claro, también tenía menos años que ahora”, sonríe. Sin embargo su trabajo también le ha llevado a conocer muchos puntos en el mundo inimaginables para él, y entre ellos, la isla de La Palma. Su primer contacto con la isla Bonita ocurre en 1967 cuando un incidente internacional obliga a crear rutas marinas alternativas “recuerdo la fecha porque fue cuando se cerró el Canal de Suez por la Guerra de los Seis Días entre Egipto e Israel; por eso tuvimos que ir por una ruta alternativa que pasaba por delante de La Palma”. El lobo de mar cierra parcialmente sus ojos y recuerda con total exactitud aquel momento “era de noche, yo hacía mi guardia cuando llegamos hasta la costa palmera y desde el barco vi las luces de las casas que parecía caer en cadena, fue una fascinación para mí ; cuando amaneció, la luz cambió toda la isla, era aún mejor. Las casas blancas con los techos rojos, no es como hoy, es una imagen que siempre he guardado en mi mente. Yo lo miraba todo con mis prismáticos y a mí me parecía que las casas estaban una encima de la otra, me quedé fascinado y pensé, tengo que volver”. Tras ese primer contacto con la isla, Hans volvió a la isla 20 años después, como turista pero también ese aterrizaje en la isla dejó una profunda huella en el marinero “me acuerdo que había llovido, y cuando se abrió la puerta del avión y olí la tierra mojada, esa sensación me gustó y mentalmente me dije, tengo que morir aquí, aunque no pronto”, matiza con una gran carcajada. Desde hace años, Hans es uno más de la isla. Le gusta todo de la isla de La Palma. Adora el norte, el municipio de Garafía y su exuberante vegetación es uno de los lugares con mayor encanto de la isla. Para vivir ha elegido el lado este de la isla porque el sol aquí, es menos fuerte y la temperatura mucho más agradable, “yo ya he tenido mucho sol, no me verás como a mis compatriotas a la barbacoa,” dice.

Con el paso de los años Hans se ha integrado en el devenir de la ciudad donde vive diferenciándose mucho de los alemanes que viven en la zona del valle de Aridane “son una comunidad más cerrada, explica, muchos no aprenden español porque pasan los meses de invierno aquí y luego en el verano regresan a Alemania. Yo creo que si estás en un lugar viviendo, debes aprender la lengua para entender las costumbres y a mí, además, me gusta”. La agitada vida en alta mar, los mares complicados por su fiereza, como el Atlántico del Norte, o el mar de Indonesia, o el del Archipiélago de Las Maldivas han dado paso a una vida más tranquila en la que, tanto su actual pareja como él gestionan un centro de retiro budista en la isla. Capitán Jürgen, gracias por dejarme entrar en su casa y permitirme ser la voz de cómo una vez se enamoró de una isla.

Fotos: Frank D.H.

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Entrevistas · La Palma

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