La “maldición” de los incendios


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Buena parte de las opiniones relativas al incendio de La Palma que aparecen estos días en los medios se centran alrededor de dos cuestiones, una en la imprudencia del chico alemán que causó el mismo y la otra en la necesidad de más hidroaviones en Canarias. Yo me planteo: ¿Nadie se pregunta cómo es posible que la quema de un simple papel se convierta en una tragedia de esas dimensiones? ¿Nadie reflexiona en torno a la tremenda vulnerabilidad en la que vivimos cada verano y si es posible o no revertirla? ¿Se puede vivir tranquilo pensando que cualquiera de los más de dos millones de habitantes del archipiélago y los tantos millones que nos visitan en época estival tiene la capacidad, con un gesto tan pequeño, con mejor o peor intención, de provocar un incidente de tamaña envergadura? ¿Ninguno se ha percatado tras años de asistir a sucesos como este de que, por muchos hidroaviones que se tengan, estos incendios son incontrolables si las condiciones climatológicas –temperatura, viento, humedad- no acompañan?
Creo que ninguna de estas dos razones explica la gravedad de los grandes incendios que azotan las islas en las últimas décadas. Que el monte se incendie es un hecho relativamente normal (la resistencia al fuego del pino canario como mecanismo de adaptación da buena cuenta de ello), lo que no es normal es la magnitud que están tomando, y que tiene que ver con otras causas. La mayoría no somos verdaderamente conscientes de que el campo de nuestras islas es en la actualidad una gran gasolinera, un polvorín gigante formado por una cantidad ingente de material combustible. Una de las principales causas de la existencia de esta biomasa inflamable es el abandono de los aprovechamientos silvícolas como consecuencia del abandono en general de la agricultura y la ganadería. Un montón de pinocha, zarza, caña… que nadie recoge y nadie desbroza en un territorio fuertemente antropizado que ha perdido sus usos tradicionales. Todo esto agravado por las cada vez más elevadas temperaturas (gracias al cambio climático, otra actual amenaza que es la consecuencia de actividades humanas y cuyos efectos devastadores toman esta forma, entre otras), la falta de lluvia y la falta de agua. Aderezado además por los pocos medios materiales y humanos (y también sus precarias condiciones laborales) que sirven para prevenir estos sucesos más que para atajarlos una vez suceden, esto es agentes forestales, cuadrillas de limpieza, etcétera… y no tanto hidroaviones, que por supuesto también son necesarios. Medios de prevención escasos son también los destinados a labores de concienciación ciudadana que permitan reducir todo cuanto sea posible las negligencias (dirigidas a la población local y a los visitantes) y que conviertan a la población de las zonas rurales en activos protagonistas en la prevención de incendios (manteniendo sus fincas y jardines limpios de mala hierba, etcétera).
En 2013 y tras la gravedad de los incendios ocurridos en los últimos años la Federación Ben Magec- Ecologistas en Acción llevó a cabo un trabajo de investigación, concienciación y debate público sobre los Grandes Incendios Forestales en Canarias, gracias a un proyecto Leader, bajo el nombre de “En Cada Incendio Algo Tuyo se Quema”. En él se realiza un análisis de las causas de los mismos y se recogen también una serie de propuestas, trabajadas con la población que asistió a las charlas y jornadas que se realizaron en diferentes islas en que se implementó el proyecto. El material resultante así como un interesante documental con testimonios de los afectados de los grandes incendios de Gran Canaria, La Gomera y La Palma, son de libre acceso en internet. El corolario de este trabajo es que los incendios se apagan en invierno, manteniendo el campo limpio y vivo. Estos y otros materiales de otras organizaciones que están a disposición de todos en la red no parecen despertar el interés de los representantes públicos que se muestran tan consternados frente a estos hechos.
En conclusión, o se ponen en marcha de forma seria políticas públicas de revitalización del medio rural y el sector primario (apoyando la producción local mediante prácticas responsables como la agricultura y ganadería ecológica), gestionamos mejor el monte (de forma regulada y con cabeza) y se invierten más medios en prevención y para la sensibilización ciudadana o seguirá habiendo incendios de estas magnitudes cada año. Existen fórmulas para contar con más recursos, como podría ser la implantación de una ecotasa finalista, destinada a programas y labores de prevención, por proponer sólo una a bote pronto. Me cuesta creer que alguien que quiera visitar una isla como La Palma, que ofrece básicamente naturaleza, se sienta disuadido por pagar un euro para la conservación de sus riquezas naturales. Y si fuera así quizá no es el turismo que queremos. Pero también, si realmente nos duele el alma y tanto apreciamos nuestros campo y queremos proteger la naturaleza, es necesario oponernos a que esos políticos que tan apenados aparecen estos días por el desastre sigan añadiendo más leña al fuego como han hecho con la aprobación de la Ley del Suelo, que es más peligrosa que un incendio para nuestro territorio, paisaje y biodiversidad –que si no queda devorado por las llamas quedará sepultado por el todavía menos reversible cemento – o seguir luchando por la retirada de la reciente ley de montes del PP, que abre la puerta a recalificar un terreno tras un incendio forestal.
Esto o seguir asistiendo a este desesperanzador espectáculo cada verano, haciendo apuestas a ver a qué isla le toca, invocando a los santos para que haya suerte y la cosa no se vaya de madre, como si se tratase de una simple maldición divina.

Noelia Sánchez Suárez.
Ben Magec- Ecologistas en Acción.

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