Federico Simón Cruz, fundador Bodegas Tamanca: “En uno de mis viajes a El Hierro, dejé a Frontera sin vino”


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FEDERICO SIMÓN CRUZDicen los expertos que los ciclos de la vida se repiten; hoy en día son muchos los jóvenes y no tan jóvenes, que tras finalizar sus estudios se ven obligados a marchar fuera de La Palma con destino, los más afortunados a la Península, por aquello del idioma, y los menos a países de la Unión Europea en busca de trabajo. Digo que me resultan curiosos estos ciclos porque la isla ya vivió uno muy similar después de los años de la Guerra Civil, cuando muchos palmeros emigraron, en la mayoría de los casos, a Venezuela en busca de fortuna. Es el caso de Federico Simón Cruz, propietario y fundador de las Bodegas y Restaurante Tamanca. Me pregunta con muchísima amabilidad si tengo tiempo para escuchar su historia, ya que, para llegar hasta lo que hoy tiene, pasó por mil y una aventuras como si de una película se tratara, la respuesta, esboza en su cara surcada por las arrugas, una sonrisa “toda esta mañana se la dedico a usted, don Federico” le contesto.

Yo empecé a trabajar con mi padre, me cuenta; él era cosechero de vino y yo vendía vino en Tazacorte. Iba sobre un burro con dos medios barriles, a veces, con miedo porque los niños se dedicaban a lanzar piedras a la bestia”. Tenía por aquel entonces, recuerda, unos dieciséis años y ya destacaba por sus iniciativas. Compraba por su cuenta vino y lo vendía sin problemas. “Los negocios me iban bastante bien, porque ganaba yo más dinero en una semana que mi padre en un mes”, me dice. Sin embargo y pese a no tener problemas económicos en una época muy dura para la isla, este pasence, decide dar un giro a su vida y anuncia en su casa su intención de marcharse a Venezuela , apenas tenía 18 años “ imagínate como cayó la noticia. Mi padre y yo teníamos una estupenda relación, se podría decir que miraba por mis ojos. Intentó de todas las formas que cambiara de opinión porque ya había perdido a tres varones, pero no lo consiguió. Y es precisamente con este viaje donde se inicia toda la historia de estas bodegas”.

Lo que sí tuvo claro su padre me detalla es que no iba a pasar dos, o, tres meses en un velero rumbo a su destino, “me fui en uno de los primeros barcos que hacía la ruta a Venezuela, no había tercera clase, sino primera y segunda; el barco se llamaba El Monte Julia; en seis días llegué a Venezuela, todo un lujo para aquella época”, rememora. Ocho años en Venezuela trabajando. Durante sus dos primeros años se dedicó a la agricultura y ganadería en una finca en el Estado de Yaracuy. Era el más joven de todos los que trabajaban en la cooperativa; el trabajo le gustaba, pero no tanto las situaciones de conflicto que surgían entre sus compañeros “por edad, dice, todos podían ser mis padres y se peleaban por tonterías, yo era algo que en mi casa nunca había visto y no me gustaba aquel ambiente; así que les dije que me iba, hicimos el reparto de ganado en lotes y se los dejé para que me lo vendieran”.

Y la búsqueda de un futuro forjado por sí mismo lo llevó hasta el Estado de Sucre donde ya se había establecido un cuñado suyo. Con el respaldo de este familiar, y tras un intento fallido, con un primer negocio, Federico, se hace con una refresquería “en el puesto trabajaba un jovencito que me decía que la comprara que si lo hacía, él, se quedaría conmigo en el puesto; se lo comenté a mi cuñado, evoca con absoluta nitidez, qué le parecía y me dijo que averiguara el precio. Dicho y hecho, el dueño pedía 8.000 bolívares, unas 240.000 pesetas de la época, un dineral; le ofrecimos 6.000 bolívares y aceptó”. Y pese a una primera etapa, en la que, como en todo negocio que se inicia y sin tener la suficiente experiencia, hubo problemas, la refresquería comenzó a dar sus frutos llegando, incluso, a contratar a un empleado. Fue a mediados de 1959 recuerda Federico cuando unos amigos le plantearon la posibilidad de regresar a Canarias, “mira si yo tenía ganas de regresar que por aquel entonces, un señor que vivía cerca del puesto me ofreció la venta de su casa. Tras unos días pensándolo se la compré en 12.000 bolívares y luego se me presentó la oportunidad de venderla y lo hice por 14.000”. Con 27 años y a punto de regresar a Canarias Federico Simón contaba ya con un millón y medio de pesetas, una auténtica fortuna hecha en Venezuela. Vista la historia de su vida hasta ahora, le pregunto si se siente como lo que hoy la clase política denomina un emprendedor, “si ser un emprendedor es intentar que un negocio te salga bien, responde con absoluta calma, supongo que sí. Los negocios no los da el Estado, los tiene que buscar uno. A mí también me han salido mal algunas cosas. En Tenerife cuando hice escala de regreso a La Palma, el taxista que me llevaba de un lado a otro me dijo que se vendían unos celemines en la Plaza Weyler en un millón de pesetas. Si los hubiese comprado, hubiese hecho mi Venezuela, pero dije que no porque para quedarme en Tenerife lo hubiese hecho en Venezuela”.

De regreso a La Palma, este incansable hombre de negocios continúa trabajando. Retoma el negocio del vino usando imaginación y criterio. Un floreciente negocio que dirigía desde un almacén destartalado propiedad de una tía “vendía tal cantidad de vino que era imposible de pensar. Fui 5 veces al Hierro a comprar y una vez dejé al municipio de Frontera sin vino, se ríe; el almacén se me quedaba pequeño, pero yo había oído que en la Península el vino se almacenaba bajo tierra, se lo comenté a mi padre y la idea que pareció buena; así que comenzamos a buscar un lugar que nos pareciera bueno y aquí donde nos encontramos hoy fue donde se inició Bodegas Tamanca”. Esa primera perforación para establecer la bodega se inició en 1962. Han pasado años, pero la inquietud de Federico por seguir activo y montando negocios le llevó a abrir el Restaurante anexo a la Bodega, un establecimiento que se diferenciaba del resto de restaurantes de la isla por su aspecto “en el año 82 cuando lo abrimos causaba sensación entre los palmeros. A todos les sorprendía lo de los toneles y los jamones colgados. Los palmeros hoy ya están cansados del restaurante, me dice sonriendo. Ayer estaba aquí un asturiano, y estaba sorprendido de encontrar algo así en la isla”.

En estos años de larga crisis, los negocios no han ido nada mal. Este año me asegura la calidad de la uva es muy buena lo que dará unos vinos de excelente calidad. Considera que el restaurante y la bodega, son los amores de su vida, eso sí, con el permiso y conocimiento de su señora. Le resulta imposible decir de qué establecimiento se siente más orgulloso. Y a sus 82 años, aún acude al restaurante para pasar unas horas, “con todo lo que ha hecho, le pregunto, ¿todavía tiene ganas de trabajar? Anoche soñé que podaba las viñas, me contesta. Sí que me gustaría, pero la salud manda y debo estar tranquilo; pero me gusta pasar unas horas por aquí; el negocio lo llevan ahora mis hijos y ellos saben lo que deben hacer.

Me asegura, en la última parte de nuestra conversación, que se siente satisfecho con todo lo que ha hecho en su vida; agradece los reconocimientos que en las últimas fechas le han hecho tanto el Cabildo Insular como Cepyme La Palma. Por mi parte, don Federico, le vuelvo a decir, que ha sido un enorme placer que me haya hecho partícipe de los grandes momentos ocurridos en su vida.

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