Mar 26, 2015
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Andreas Lubitz, también dirán que estaba loco

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Conmoción, asombro, espanto, es lo que acierto a decir de un joven, europeo, piloto, preparado, culto y bien formado, con una aptitud impecable, que de repente decide estrellar un avión contra una montaña con 150 personas dentro, sin, al parecer, motivación terrorista alguna. ¿Qué pasó por su cabeza entonces?, ¿lo dejó su pareja?, ¿estaba a disgusto con el jefe? Da igual lo que pasara, nada justifica una acción como esa. Y ahora, dirán que estaba loco, y no lo voy a discutir, no puede estar cuerdo alguien que desprecia de esta manera la vida humana.
El problema de fondo, a mi modo de ver, no es que estuviera o no estuviera loco, lo terrorífico del asunto es que no parecía estarlo, o nadie al menos parecía saberlo. ¿Cómo si no podrían confiarle la vida de 150 pasajeros con aparente normalidad? Y así me viene a la memoria otro europeo del norte que también parecía un tipo normal para muchos, Anders Breivik, ¿les suena? Mató a 77 personas a sangre fría en la isla de Utoya, en Noruega, hace un par de años. ¿Y quién no recuerda al horror de Josef Fritzl? Ese electricista austriaco septuagenario que tuvo a su hija encerrada en un zulo en su casa durante 24 años, abusando sexualmente de ella durante décadas, provocándole siete hijos ante la cómplice mirada de su esposa, con la que también tuvo otros siete hijos. Era una persona normal para todo su vecindario, e igual era hasta un buen católico y generoso contribuyente. Gente normal, en apariencia, pero los tres estaban locos. Y quien dice centroeuropeos podemos decir también norteamericanos, que no son pocos, y en el sur de Europa, y no hablemos ya de África, Asia y todo lo que de fundamentalismo islámico hay por ahí, y también por aquí. Están todos locos, y están entre nosotros, invisibles, sigilosos, como personas normales, de las que nadie sospecha, salvo que sospeches de todo el mundo, entonces te volverás también tú un poco loco.
Cuando pienso en todo esto no puedo evitar preguntarme, y preguntar, por dónde ponemos la marca, la señal, cómo definimos al loco, quién decide quién está loco y quién no lo está. Pues puestos a hablar de locos… ¿no están un poco locos los que pagan más de 100 millones de euros por un chaval morenito que juega al fútbol, y no temen ir a la cárcel por ello, cuando tantos otros chavales se mueren de hambre en el mundo cada día? ¿Y qué diría usted de esos jóvenes que a cada poco dan palizas y agreden a personas indefensas con el único objetivo de colgar luego el vídeo en youtube? Locos, ¿verdad?

Hace años leí un libro de un tal Philip Zimbardo, un bestseller mundial, “El efecto lucifer”, en el que su autor concluía que las conductas psicóticas, crueles y ausentes de empatía para con los seres humanos que se producen en nuestras sociedades modernas no se deben a manzanas podridas, es el mismo cesto en el que está la fruta el que está podrido y acaba pudriendo a las manzanas que hay dentro. Créanme si les digo que el señor Zimbardo me acabó convenciendo. Y ese es el verdadero problema, este es el verdadero espanto, el auténtico horror de este mundo que nos ha tocado vivir. No hay referentes válidos a los que seguir, y sin referentes, todo vale.
¿Qué me dirían ustedes de un gobierno que rescata a un banco con miles de millones de euros, a un banco que se demuestra que estaba dirigido por vividores, ladrones y caraduras, y en cambio abandona a su suerte a las familias que menos tienen, a los que pierden el trabajo, la casa, a sus hijos, a los que no pueden pagar sus medicinas, a los ancianos? No hace falta que respondan, ya lo digo yo: ese gobierno está lleno de locos sin escrúpulos. ¿Y qué me dirán de un alcalde de una comunidad pobre que dice que la gente que duerme en la calle en su ciudad lo hace porque lo prefiere así? ¿Y qué pasa cuando un concejal de otra ciudad del mismo país no se corta al afirmar que las familias que ahorran lo hacen porque no se van de putas? ¿Y qué decimos de un ministro que compara las donaciones ocultas a un partido político con ánimo de lucro con las donaciones solidarias que la gente hace a una ONG caritativa para ayudar a los que menos tienen? ¿Y qué hay de un gobierno, el mismo de antes -tan caritativo-, que no tiene el más mínimo escrúpulo en devolver a los pobres inmigrantes en caliente sin derecho alguno, frontera para afuera aún a riego de que pierdan la vida, si no la pierden ya ensartados en esas mallas milticortantes que dan horror? Y no quiero recordar a un presidente español que se va a EEUU a hablar con otro presidente y le da por hablar español con acento mejicano como si de una película de Cantinflas se tratara… ¿qué le pasó por la cabeza a ese hombre? Y así podría seguir desglosando cuestiones que pasan cada día, haciéndonos creer que son normales, cuando son verdaderas locuras.
Y este es el verdadero horror, que estos y otros muchos en apariencia normales también están locos, pero están ahí, arriba, y mandan sobre ti, y sobre mí, y sobre aquel. Este es el verdadero drama que se esconde detrás de los Andreas, Anders, Josef y demás psicópotas sociales, no hay referentes, ni los que deberían serlo lo son ya. Ya se murieron los dioses para dejar paso al dios Mammón, el único dios al que se adora hoy, el dios de las riquezas en el panteón fenicio, el demonio de la avaricia, la codicia y el materialismo.
No hay referentes, no los hay, la crisis es moral, no es económica, la gente está perdida, más perdida que nunca, por eso, pasan estas cosas, y pasarán más en el futuro. Piensen en todo esto cuando tengan un rato, y disculpen mi pesimismo y mi falta de adaptación a este mundo moderno, se ve que me tomé en serio aquello que dijo el sabio Krisnamurti cuando dijo: “no es señal de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

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Canarias · Opinión

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