Ene 19, 2014
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«Los ancianos, los enfermos, los humildes… los zombies»

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Todavía bajo los efectos de una de las semanas más duras que recuerdo en lo emocional, aún en mis oídos resuena la voz apagada de esa señora nonagenaria agonizando solitaria en su cama de la sexta terrorífica planta de eso a lo que equivocadamente llamamos Hospital. Equivocado porque hospital, etimológicamente hablando, viene de hospitalidad, y hospitalidad allí hay tanta cómo odio en mi corazón. Esa señora, la primera de toda la serie, se le había acabado el suero y el aparato seguía conectado inyectando aire o vete a saber qué, y así pasaron los minutos y allí no aparecía nadie. Qué tristeza. Recuerdo a la compañera Alba hablando con ella consolándola. Yo tuve que salirme fuera incapaz de aguantar aquello. Me dijeron que la señora murió al día siguiente, probablemente sola, probablemente mal. Me contaron que había sido una buena farmacéutica toda su vida, qué paradoja. Era la compañera de habitación de Nazaret, la señora que dio lugar al escándalo humanitario en el que estamos ahora metidos. Nazaret, no tenía nada según sus facultativos, por eso debía marcharse, por eso le mandaron a la Policía Nacional a echarla de allí como si de un vulgar usurpador se tratara… «esto es un hospital privado» me decía equivocada una recepcionista muy fina y elegante. Su altanería y falta de empatía la traicionaban, olvidando que Nazaret y todos los desafortunados pacientes que entran en la sexta planta vienen derivados del Servicio Canario de Salud. No tenía nada según ellos pero no podía caminar y con dificultades respiraba, tampoco eran nada las múltiples heridas abiertas que se repartían por su delicado cuerpo, unas heridas que días después han necesitado incluso una operación para sanarlas, y evitar así que la putrefacción siguiera aumentando hasta consumirla. Enfrente, la señora Amalia, de la que su hija me contaba que la habían dejado 3 hora sin cambiar con sus necesidades mayores hechas encima, porque el encargado de hacerlo tenía que desayunar. Y la señora Amalia empezó a hablarme también a mí, cuanta necesidad tenía de que alguien la escuchara, cuantos años de sufrimiento y sacrificios arrastraba, para verse ahora así, la pobre. Amalia era compañera de habitación de Herminia, tanto o más de lo mismo en esa planta. Entonces todavía desconocía lo que vendría días después.
Después vinieron la hija y la nieta de Eugenio a contarme con cuanto dolor vieron morir a su padre y abuelo tras su paso por esa fatídica sexta planta. Cinco médicos firmaron contra el horror de ese hospital a lo que acompañó una larga lista de abusos detallados por escrito por su nieta a la Consejería, desde altas copiadas que no corresponden, pasando por el maltrato, el miedo, los errores en la medicación y el maltrato a otros pacientes. Nada de esto sirvió a la Consejería para investigar o cambiar nada, para anular un concierto sanitario que es más un billete gratuito al pasaje del terror, ni tan siquiera se han dignado en contestarle.
Y así, días después se me ocurre ir a un programa de la televisión local a relatar lo que estaba pasando, y cuando acabo de contar lo que llevaba empiezan a entrar llamadas de oyentes hasta el punto de colapsar la centralita como pocas veces en 18 años de programa, todas queriendo contar lo que sufrieron en ese centro a donde mandan a los humildes y ancianos pacientes que no pueden pagarse nada mejor. Y por si no estaba suficientemente impactado ya con todo lo que me venía, al día siguiente en la Consejería me caen encima cuatro agentes de la Policía Nacional mandados por no se sabe quien, a identificarme como un sospechoso cualquiera. Recuerdo al que parecía el jefe del operativo sonriéndome burlonamente aduciendo que cumplía órdenes y que estaban controlando una concentración y estaban en su derecho. A su lado un armario ni pestañeaba, con la sensación de estar deseando que hiciera algún movimiento en falso para aplicarse sobre mí de otra manera menos dialogada. Y a punto estuve de negarme a darles nada -¿acaso era yo sospechoso de estar cometiendo algún delito?-, a punto de decirles que a mí me habría dado vergüenza obedecer a quienes ordenan vigilar y coaccionar a la gente honrada que lucha por los demás. Sí que les dije que los delincuentes están dentro y es a ellos a los que deberían vigilar.
Y así estoy hoy, necesitaba escribir todo esto para sacarlo fuera. Lo peor es que aún me quedan familias y ancianos a los que visitar, porque después de haber destapado el escándalo no dejan de llamarme señoras mayores y familiares de enfermos deseando encontrar a alguien que los escuche y defienda, y aún no sé cómo voy a sacar arrestos para enfrentarme a esas historias. «Soy la hija de (…) y quiero agradezer buestra obra tan grande por todos los que no pueden defenderse y pedirle que por dios no degen de luchar. A mi mama la meten en la clinica (…) y solo por lo que mis oidos olleron de medico para quitarse la vieja de mierda y a los familiares inorante de ensima…», y aún continúa más largo el mensaje que me llegó hace dos días al móvil. Temiendo estoy con lo que voy a encontrarme. Y veo en otro canal de televisión local imágenes de las urgencias del HUC donde hablan los sindicatos de que aquello parece más un hospital de campaña de una guerra cualquiera de las que se libran en el tercer mundo que otra cosa. Y miras a la calle y todo sigue igual para la mayoría de los que por ahí circulan. Nada parece inmutar ya el fluir de los zombies en que nos hemos convertido, salvo el olor a comida, la fanfarria televisiva y el tintineo de las pocas monedas que nos darán para mantenernos callados. Triste y loca sociedad la nuestra, donde se olvida que todos tarde o temprano seremos ancianos, enfermos y con mucha probabilidad estaremos la mayoría en el lado de los pobres, entonces tal vez necesitemos que alguien nos cuide y nos acompañe, nos arrope y nos venere por tantos años de vida esforzada. Así debía ser o así al menos lo entiendo yo, tal cómo los neanderthales cuidaban a sus ancianos enfermos, como atestiguan los restos que se han encontrado en hogares prehistóricos de homínidos enfermos o lisiados que a pesar de todo llegaron a viejos. Mas tengo la impresión de que muchos no van a encontrar a nadie a su lado para cuidarlos cuando ese momento les llegue y más les valdrá desear la muerte, si hoy dejamos indiferentes que traten así a nuestros ancianos, a nuestros enfermos, a los más humildes, ante la mirada escrutadora de nuestras generaciones jóvenes, que de seguro lo repetirán con nosotros.
Y bueno, si han leído hasta aquí, les pido disculpas por lo duro de la narración, pero había que contarlo así, tal cual es en su dureza. Por lo demás no teman, los diez o doce que estamos ahí vamos a seguir todavía un rato más, con policía o sin policía.

Eloy Cuadra

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Opinión

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