Jul 22, 2013
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De maltratadores y maltratados

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Angel EscarpaSupongo que somos muchos los que en un momento dado de nuestras vidas tenemos que enfrentarnos con el hecho de que, en determinados momentos, nosotros también fuimos maltratadores o maltratados. Quizás tendría que haber titulado este comentario como: Yo también fui maltratador.

Por mi parte, bien me gustaría poder decir aquí que no fui en algún momento de mi vida maltratador. Desgraciadamente y con harta frecuencia, la vida nos pone frente a pruebas de las que bien nos gustaría poder decir hoy que salimos airosos. La diferencia quizás esté en que, en tanto unos nos reconocemos frente a uno de esos dos grandes grupos, otros se conforman con negarlo.

Una vida laboral iniciada a los trece años, tres años en ese “glorioso cuerpo”, La Legión, entre 1955 y 1958; veintisiete años de tratar de salvar una modestísima librería de la brutal indiferencia de un barrio de aquellos que antes llamábamos “obreros”, con la brutal competencia de los colegios religiosos, que obligaban a los padres a adquirir en estos, desde los libros de texto hasta las reglas y demás material escolar, más un mercado marcadamente competitivo, con las grandes superficies comerciales que, sin ser específicamente librerías, facturan una parte sustancial de los “bestsellers” y venden los textos escolares a precio de coste para atraerse al público de la alimentación y demás productos, que las convierten en enemigos principalísimos de este sufrido gremio; con una vida laboral en la que hoy aprecio lagunas de hasta tres años en empresas que jamás cotizaron por mí; me confieren cierta autoridad para hacer aquí algunas afirmaciones.

No quiero llevar estas páginas al terreno personal pero sí quiero dejar aquí constancia de que, mi librería concretamente no fue una librería convencional: desde colocar banderas republicanas el 14 de abril en el escaparate hasta estar en la calle en los días de la huelga, abrir en el barrio con los camaradas un local del PCE, pasando por una actividad más que sobresaliente en las diversas luchas, vendiendo libros prohibidos, sirviendo de estafeta a veces para el Mundo Obrero, cuando aún no eran legales los partidos de los trabajadores, etc., etc., solo me sirvió para enajenarme un severo boicot por parte de la vecindad (trabajadores del metal y banca y demás): un pequeño descuento bastaba para que la gente corriera a la FNAC o a otro sitio cualquiera para comprar un libro, actitud ésta que, tras veintisiete años de denodada resistencia, me obligó a cerrar, en el año 2000.

Qué 50 años entre aquel primer empleo en una casa de reproducción de planos -justo donde, en 1936, colgaron los milicianos aquella pancarta famosa de la calle Toledo, en Madrid, donde, entre otras cosas se leía: MADRID SERÁ LA TUMBA DEL FASCISMO, y aquella última Feria del Libro de Madrid, con una bandera republicana de dos metros de largo tapizando el techo de la caseta.

Bien, he dado un pequeño rodeo aquí para enfrentarnos con el hecho de que, todos, de una forma u otra, podemos pasar por una situación extrema que después va a marcar irremediablemente nuestras vidas, del mismo modo y manera que marcó la pérdida de aquella guerra las vidas de nuestros padres.

Desconozco qué consecuencias tendrá en la vida de nuestros jóvenes de hoy esta situación de hoy, esta dura prueba por la que nos está haciendo pasar a todos este depredador sistema. Aún no sabemos, digo, de qué manera marcará la vida de estos jóvenes –un treinta por ciento de la juventud canaria está en paro-. De qué manera influirá todo esto sobre sus posteriores tomas de conciencia, sobre su carácter. De qué manera todo esto les condicionará para que, del mismo modo que influye sobre los poetas el clima de la tierra para hacer más luminosos u oscuros y pesimistas sus poemas, el joven de hoy sea un alcohólico mañana, un drogadicto, un tipo violento que pegue a su compañera cuando ésta regresa del trabajo esporádico en el bar; de regreso del sindicato, donde lo único que le dicen es que hay que joderse y aguantar porque no hay otra.

Tendrán que transcurrir aún unos años para que se pueda determinar si ellos también golpearán a sus hijos o cosas aún peores cuando sean padres. Si se convertirán en seres como los personajes de esa formidable peli, Los lunes al sol, si robarán en el súper, si se irán de putas cuando pillen unos billetes, porque no son capaces de relacionarse normalmente con una mujer con la que tener una vida normal de pareja, debido a la precariedad en el empleo; si intentarán ir a una universidad, si estudiarán un segundo idioma, si se incorporarán a una ONG.

En una asamblea de IU en Tenerife Cayo Lara nos decía que le va a preguntar al Gobierno cual es el índice de suicidios actualmente en España. Pude ser esclarecedor. De lo que no hay ya ninguna duda es en que una importante fractura se está produciendo ya en el País.

Un importante número de mujeres y de hombres tendrán pasado mañana sobrados motivos para afirmar que, de niños, adolescentes, fueron excluidos de una escuela pública, de calidad, gratuita. Los que no dispondrán del millón para matricularse y seguir una carrera, los que posiblemente no alcanzarán jamás una vida laboral que les permita una jubilación decente con la que disfrutar de un viaje con el IMSERSO para conocer una playa, el que tuvo que nacer en una institución de caridad porque sus padres carecían de los medios y de la tarjeta sanitaria para hacerlo en un hospital de la Seguridad Social, el que no podrá acceder a un plan de pensiones con tal o cual banco para cubrir su futura vejez, porque sobrevivir se convertirá en una cruel pesadilla, el que hará cola en Urgencias para que le saquen una muela, porque no dispone de los 60 euros que le quita el dentista de lo privado; si tendrá que enrolarse en el Tercio, como en los años de la posguerra, para escapar de la miseria y de la delincuencia, el que recoge colillas del suelo, aquel al que le cortaron la luz, el que por cobardía abandona a su familia para arrojarse a las vías del Metro, casas donde no se enciende la calefacción en invierno, donde no saben lo que es un libro, un teatro, un concierto, unas vacaciones lejos de ese infierno que es la ciudad donde residen…

¿Quién no se siente agredido por esos gritos, esas banderas monárquicas en las ventanas animando a “la roja”, en tanto las huelgas de hambre, ese encierro de mineros, esos cierres de quirófanos, esa brutal subida del transporte; esos viajes del Monarca, los negocios de Undargarín…

-Y el mes que viene, si no me abonas los meses atrasados, me desalojas el piso…

-Vino un señor y se llevó el televisor, porque dice que no le pagas.

-Se llevan el coche, con solo, seis letras por pagar…

-Nos volvemos a Ecuador. Esto ya no hay quién lo resista.

-Queman neumáticos en Asturias.

-Me han puesto una multa de treinta euros en el Metro por colarme sin pagar. Olvídate de ir al cine.

-Están golpeando a la gente en Sol, por manifestarse.

-La gente recoge restos de comida de los contenedores de los súper.

-Vino Menores y dicen que si no encuentras un empleo se llevan a los niños.

-Este mes no podemos tocar el coche.

-Estuvo el presidente de la Comunidad para saber porqué no pagamos la mensualidad desde enero.

-Tú sin “curro” y yo embarazada otra vez.

-Han debido de cortar la línea del teléfono, porque se ha quedado mudo.

-Vas a tener que hacer la Comunión en vaqueros, corazón.

A partir de ahora, posiblemente se incremente el número de atracos a farmacias, pero no ya por las perras, si no por los medicamentos que la Seguridad Social se niega a subvencionar.

No digo yo que se pueda afirmar con rotundidad que esas 5.600.000 personas paradas, según las estadísticas, puedan afirmar con rotundidad que fueron objeto de malos tratos porque carecían de un empleo digno y estable. Pero estoy plenamente convencido de que millares de ellos sí estuvieron un año, cuatro años, deambulando de aquí para allá, de taller en taller, de oficina en oficina; de la ETT a la obra donde pudieran precisar un peón, vagando sin rumbo fijo y sin ánimo para regresar a casa y encontrarse en el frigorífico aquel brick de leche agriado por el tiempo, cuando no dos niños macilentos que te contemplan desde la tristeza de unos ojos que ya ni siquiera acusan de nada, porque falta la fruta, el pescado y la carne mas elemental.

¿Alguien va a poder reprocharle al padre de esos niños que trapichee en la calle con sustancias tóxicas, en tanto descubrimos los fabulosos sueldos de determinados cargos públicos, empezando por el del monarca, el del poli que te tatuó un “precioso” vergajazo en la espalda, que bien puede llevarse 1800 euros mensuales por su “peligroso” oficio –y total por repartir hostias-; más incluso que un maestro de escuela, que tiene que hacer una carrera? ¿Quién podrá reprocharle ahora al jubilado de baja prestación, a la joven sin empleo y sin otra ayuda que ser mantenida por los padres o por los abuelos, que roben un libro o una prenda en El Corte Inglés?

Sería prolijo y tedioso enumerar las terribles situaciones a las que nos podemos ver abocados en estos tiempos si no hacemos algo por cambiar entre todos esto, pero en lo que no me cabe duda ya es en que, los jóvenes del siglo XXI van a tener sobradas razones para afirmar mañana que ellos también fueron maltratados, rescatados, intervenidos al borde de la quiebra moral y económica del País.

La anterior generación, la mía, estuvo marcada por la Guerra Civil y sus consecuencias. Tras de la muerte del “patascortas” tomaron los mandos de este negocio al que llaman España, los del “cambio”, los del, ¡OTAN: de entrada no! y los del “usted no sabe con quién está hablando”, entreteniendo al personal con todas aquellas mercancías pasadas de fecha de la “ejemplar” Transición. Y seguimos en el laberinto, que diría aun hoy nuestro entrañable Max Aub.

Lo que no está claro todavía es en qué juzgado se denuncian estos casos, aparte de la calle y el Parlamento. Porque si algo está claro en este caso es la connivencia y la culpabilidad de los distintos Gobiernos anteriores en todo esto. Todo este tinglado bajo el que se adivina la mano negra de la famosa troica, que condena a la indigencia a importantes sectores de nuestra población, pero también, los que no se pueden librar de los cargos y del juicio del pueblo trabajador, los que hasta aquí se han beneficiado al pobre País.

¿No os parece inmoral presidir los actos por las víctimas del terrorismo con sueldos que a veces rebasan el millón de pesetas mensuales, mientras se incrementa el número de personas que acuden a Cáritas para pillar un plato de comida? ¿No tendríamos que empezar a considerar víctimas del terrorismo también a los millones de parados, a los que padecen desahucios, a los que padecemos una televisión embrutecedora, a los que nos vemos obligados a cerrar nuestros negocios y a abandonar nuestras tradicionales profesiones por la cruel competitividad de un mundo donde los valores ya no cuentan?

Y mientras, la Sra. Leire Pajín se va a llevar tres millones y medio de pesetas mensuales del erario. ¡Eso si que es pornografía! Estos son los cocodrilos que se presentan luego en las Elecciones como los herederos ideológicos de Pablo Iglesias. O se le indemniza al señor Dívar con 34 millones de euros, a raíz de su dimisión. De los otros, los tiburones de Génova, mejor ni hablamos.

En 1958, estando yo trabajando de aprendiz en una imprenta, fui despedido por llevarme en el bolsillo un puñado de plomo. Años después descubro que no habían cotizado por mí ni un solo día de los tres años trabajados.

Y tú… ¿te quedarás también viendo el partido en la tele después de todo esto?

Ángel Escarpa

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Opinión

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