Jun 23, 2013
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Lo peor no son los recortes en Sanidad

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Angel EscarpaLo peor no son los recortes en Sanidad, en los servicios públicos en general; la pérdida del autocar para los niños que acuden a la escuela desde la apartada aldea porque en ésta no disponen de ella. Lo peor no es perder la paga de Navidad y la de julio. Lo peor no es que te tengan que extraer una prótesis que vale 250 euros, porque no pudiste costeártela. Lo peor no es que tu novia, tu hija o tu madre no puedan abortar, porque las leyes del País lo prohíben o porque no disponen de medios para hacerlo en Londres.

Lo peor es cuando los pueblos se acostumbran a las cadenas, cuando aceptamos como irremediable el barrio embarrado y sin luz, sin teléfono, sin médico; los hombres bebiendo el vino de la derrota y hablando de fútbol en los oscuros adentros de las tabernas, mientras llega desde los emparrados patios el metálico ruido de los tejos del “juego de la rana” mezclado con el peculiar rodar de las fichas del dominó sobre las mesas, en los días de la capitulación.

Lo digo por experiencia: lo peor es cuando los pueblos se acostumbran al velo en misa, al “burka” del silencio y de la invisibilidad en las calles y en la vida diaria. Lo peor es cuando aceptamos sin rechistar de nuevo el “sí, mi amo”, la tortura, la hostia y la humillación del policía, la cola con la cartilla de racionamiento en las tiendas de ultramarinos y para adquirir el pan de los vencidos, el tabaco y la leche, mientras desfila la tropa por el paseo de la Castellana.

Lo peor de aquella posguerra de hace setentaicuatro años no fueron los insufribles “nodos”, las siniestras cárceles, el “sindicato vertical”, los numerosos fusilamientos, el exilio y la pérdida de las libertades, con lo que todo esto tiene de terrible. Lo peor viene cuando las gentes se acostumbran a las calles y las universidades ocupadas por la Policía -sea ésta del color que sea-, a los días grises de futbolín y mendicidad y la mujer ejerciendo de fregona en las casas de los vencedores o vendiendo su cuerpo por unos miserables billetes, todo ese entramado de mentiras oficiales tras la que se oculta el desaparecido.

Lo peor es el crucifijo de nuevo en la escuela, en el lugar donde hasta ayer estuviera el retrato del Presidente de la República. Lo peor es acostumbrarse a los pueblos sin agua, sin aceras, sin bibliotecas; a los días de polvo y magreo en las verbenas, a los cines de barrio con olor a derrota, a cansancio, a sudor, a miseria. Lo peor es habituarse a esos seis millones de parados, a ese 67% de paro juvenil, al mendigo en la puerta del súper y el anciano buceando en los contenedores de éste; a la cotidianidad del suicidio y de la mujer asesinada por su pareja, debido al evidente fracaso de nuestra sociedad.

Lo peor es cuando repetimos cual papagayos que “todos los políticos son iguales”, “todos los jueces son iguales”, y aceptamos la brutal subida de las tasas universitarias que dejará de nuevo al hijo del obrero sin estudios superiores, en tanto los que detentan el poder económico, el Monarca, los privilegiados y los auténticos favorecidos de este sistema incrementan sus fortunas, precisamente aquellos que se dicen “nuestros representantes”.

Lo peor es cuando ya no nos reconocemos ni a nosotros mismos en la rebeldía de las luchas de ayer y aceptamos un país sin sindicatos ni organizaciones obreras, una ciudad sin manifestaciones; cuando aceptamos sin un gesto de ira o de protesta la corrupción, el salivazo en el rostro, los parquímetros, el infame programa en la televisión pública y el ninguneo de lo que en realidad ocurre en las calles; el cierre de hospitales, la privatización de la banca pública, el agua y la empresa estatal; la detención del joven “okupa”, la expulsión del inmigrante, el desahucio que lleva al suicidio al anciano, el chiste de dudoso gusto sobre el marica o la lesbiana, el comentario: “las manifestaciones deberían celebrarse en la Casa de Campo, para no entorpecer la normal vida de la Ciudad”, “ las huelgas hay que regularlas”, “hay que penar o prohibir los escraches y el reparto de panfletos en las calles”.

Lo peor es cuando te vienes a enterar de que tu vecino, tu amigo de toda la vida, aquel con el que de niño cambiabas tebeos y cromos y con el que más tarde fuiste al monte y a las “manis”, se metió en la Guardia Civil. Lo peor es cuando un pueblo, aterrorizado e inmovilizado por la represión, cual presa atrapada en la red, llega a la conclusión de que cualquier movimiento de resistencia es inútil. Lo peor no es que te llamen radical y violento, si no que un pueblo sin memoria mire con nostalgia hacia un pasado de tumbas sin nombre, de complejos entramados de comisarías y campos de concentración, de campos de fútbol hirviendo de fervor deportivo y patriótico, mientras el poeta amado muere en el exilio, herido de ausencia, y en la estación fronteriza es detenido el activista del Partido Comunista que regresa para organizar la resistencia en el “interior”.

Lo peor no es el niño desescolarizado, el obrero despedido, los 14 euros por ver Los fusilamientos del 3 de mayo en el Prado o el Guernica de Picasso; ese lienzo por el que se supone que tú deberías sacrificar tu vida en caso de tener que defender la Patria de una posible invasión enemiga, si no ese pueblo que, cual “caballo que ve pudrir sus crines”, no se alza contra el fascismo emergente. Lo peor es cuando aceptamos el “apartheid” –en cualquiera de sus formas-, el racismo y la homofobia, los campamentos de refugiados –aquí, en Palestina o en el Sáhara-, el hecho del niño que acude a la escuela sin desayunar, por que ya ni para leche hay en casa; la mujer discriminada en el trabajo, INTERNET intervenido, la bandera republicana prohibida en el estadio porque “incita a la violencia”, el mausoleo donde el cruel dictador entierra a los que se alzaron contra la legalidad republicana, juntos y revueltos, bajo la misma cruz “redentora” que los que defendieron la Constitución y los principios de 1931; cuando escuchamos impasibles ese: “hay que restablecer la pena de muerte”, o: “aquí, lo que esta haciendo falta es otro Franco”.

Lo peor es cuando un pueblo se resigna a que sean sus mismos vencedores los que le cuenten su propia historia, en lugar de reescribirla.

Lo más terrible es un pueblo sin poetas, un pueblo sin periódicos, o intervenidos estos por el Gobierno o los grupos de presión.

Lo peor no es la fachada embadurnada con un “graffiti”, si no un país que va a la deriva y sin una sola pintada antifascista contra los desmanes de su Gobierno. Lo peor es cuando un pueblo hace de la tortura y muerte de un animal una fiesta, mientras suena la música y el público pide la oreja para el matarife.

Lo peor es cuando un mundo ahí fuera se está hundiendo literalmente, mientras tú aplaudes a la “roja”.

Lo peor no es que se cierren todos los cines y todos los teatros, todas las librerías de tu ciudad; que nuestros actores se vayan todos al paro o a recoger fruta a Lérida, que se tale el último árbol del último bulevar, aquel donde de niño jugabas a las canicas; si no que tú mismo decidas que ya no tienes tiempo para leer este mismo comentario que fue escrito expresamente para ti.

Ángel Escarpa Sanz

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Opinión

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