Abr 29, 2013
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Mi lucha, es por ti.

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-Vamos, es la hora –le dijo Edgar a su amigo Mario.

– Ya lo sé, pero tío, tengo miedo, y empiezo a dudar de que esto sirva para algo.

-Venga hombre, parece mentira. Llevamos hablando de esto mucho tiempo. Están arrasando con todo lo bueno que teníamos, la gente está muriendo por su culpa, la tierra ya no vale nada, nos quitan la comida, nos niegan lo que era nuestro, las madres, los ancianos, los enfermos, los niños, todos sufren. Nos dividen y nos están envenenando con tanta propaganda y tanta mierda, lo controlan casi todo, y mienten y compran a todo el mundo para que nadie haga nada. No te puedes rajar ahora…

-Lo sé Edgar, pero ponte en mi lugar. Tú estás solo, no tienes a nadie, yo tengo un hijo, ¿que hará si yo falto? –le contestó Mario con cierta vehemencia.

-¿Y qué hará dentro de unos años cuando ya no quede nada? ¿Qué imagen tendrá de su padre, qué le vas a decir cuando sea mayor y se entere de que no luchaste por defender lo que era nuestro? Acuérdate de Max y Julia, ellos empezaron igual que tú y hoy ya no están con nosotros. Nadie lo va a hacer por ti, desengáñate. La lucha es lo único que nos queda, y es lo único que nos da esperanza, si no luchamos estamos muertos.

-¡Acuérdate tú de Ester joder!, ya sólo le queda un ojo por hacerte caso a ti, o acuérdate de Jacobo, no volverá a andar nunca más después de la paliza que le dieron. Empiezo a estar hasta los cojones de tus ideales, no te das cuenta que esta gente no tiene escrúpulos. ¿Qué crees que harán con nosotros si nos cogen?

-Pero no nos van a coger, confía en mí. Además la Ley está de nuestro lado, no hacemos nada malo, más que defender la Ley que nos dimos todos hace más de 30 años –le inquirió Edgar a Mario haciendo gestos para que se levantara-. Hay que ir, hay que estar allí.

-¿Y tú crees que a esta gente le importa algo lo que diga la Ley? Llevamos años intentándolo y cada vez vamos a peor. Luchamos contra una mafia tío, para ellos no hay más ley que la del más fuerte, y no te engañes Edgar, ellos son los más fuertes, y nosotros, cada vez más asustados, cada día más desilusionados, y cada vez menos.

-Cada vez menos… ¡y qué más da Mario! ¿Acaso nos ha importado alguna vez ser pocos? Estamos juntos en esto desde el principio joder. Tú sabes mejor que nadie que no hay más camino que este. Y somos amigos tío, lo somos desde hace mucho. Yo no te dejaría nunca ir solo a una historia como esta –imploró Edgar.

Mario guarda silencio, inmóvil, mirada abajo, sentado en el soportal de entrada al edificio donde vivían. Edgar lo mira esperando una respuesta que nunca llega; al poco, se marcha con gesto de profunda decepción.

Allí, en aquel portal, a unos metros de Edgar y Mario estaba yo, escuchándolos sin que repararan en ello. Y así fue cómo pude ver a Mario levantarse y marchase tras de su amigo gritando su nombre segundos después, con la esperanza de que pudiera oírlo antes de mezclarse con la muchedumbre que aguardaba algunas calles más allá.

Aquel día se organizaba un asedio simbólico al Parlamento, y Mario, y Edgar, y yo, y otros muchos ciudadanos rebeldes queríamos estar allí. Mario y Edgar eran amigos desde la infancia y habían estado en las luchas sociales desde los años de la Universidad. Mario era licenciado en biología y había trabajado algunos años en lo suyo en una importante multinacional, antes de que lo echaran, antes de la gran crisis. Había hecho algo de dinero y se había comprado una casa con su novia, la misma casa que ahora no puede pagar con lo poco que saca dando clases particulares por horas a malos estudiantes de familias ricas. Edgar estudió periodismo y trabajó en varios periódicos de gran tirada, pero su ímpetu, y su pluma, demasiado revolucionaria, terminaron por cerrarle las puertas de la mayoría de medios. Se marchó unos meses a Alemania a un hotel donde le salió trabajo de botones, pero al poco comprendió que su sitio estaba aquí y se volvió.

Hoy, son ya varias las semanas que llevan Edgar y Mario en la prisión provincial a la espera de que llegue la vista del juicio en el que se les acusa de atentado contra autoridad, desordenes públicos y varios delitos más. Ellos dos son algunos de los 15 detenidos en este último acto de protesta frente al Parlamento de la Nación, símbolo de lo que fue la democracia en otros tiempos, ahora ya únicamente símbolo de la corrupción y la podredumbre que nos gobierna.

¿Y qué pinto yo en todo esto? Pues, simplemente estaba allí, en el portal, y un rato más tarde también en el incidente que acabó con sus huesos en la cárcel. Pude ver lo que sucedió y me ofrezco como testigo en su defensa. Tal como lo recuerdo, todo empezó cuando los antidisturbios cargaron contra un grupo de manifestantes que habían empezado a zarandear las vallas que cortaban el paso hacia el Parlamento. Un señor bajito calló al suelo en el tumulto y Edgar fue a levantarlo para sacarlo de allí, pero en el tumulto el miedo no es cosa sólo de nosotros y uno de los policías cargó contra Edgar abriéndole una brecha en la cabeza. Mario fue en su defensa y golpeó al policía y al instante llegó otro policía porra en alto dando mamporros; Edgar también intervino y todo aquel grupo acabó detenido. Y yo también lo estaría ahora si no me hubiera quedado petrificado por el miedo, observando incapaz de intervenir.

Este es el sencillo relato de una de las muchas historias que guardan las manifestaciones, marchas y concentraciones frente al Parlamento o frente a cualquier otra institución pública representativa en los últimos años. Podría decir que es en España pero valdría igual si dijera Italia, Portugal, Grecia, Irlanda o cualquier otro castigado país del Occidente capitalista. Lógicamente, es la versión de uno de los que se enfrentan al Poder constituido, muy distinta a la versión que de lo ocurrido nos darán los medios afines al Poder. Guerrilla urbana, perroflautas, violentos, alborotadores, anarquistas, rojos, comunistas, todo cabe para cargar a los disconformes con mil etiquetas negativas. Es lo que hay cuando ellos dominan también la propaganda, pero hay cosas que no admiten interpretación alguna por mucho que se esfuercen en esconderlo, como lo es el hecho de que los que se manifiestan y lo han hecho en los dos últimos años contra el Poder en este país, no lo hacen por un capricho particular, lo hacen en defensa de la Constitución y de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos, que están siendo borrados del mapa por las decisiones políticas de los que nos gobiernan. Les guste o no, los ciudadanos que se rebelan y son satanizados, detenidos y castigados lo hacen contra el Poder en defensa de la Constitución que nuestro gobierno vulnera sistemáticamente. Si no me creen repasen nuestra Carta Magna desde el artículo 14 al 53 –son los que recogen los derechos de los ciudadanos-, léanlos uno por uno y compárenlos con la realidad: si no fuera por el drama que ello encierra podríamos decir de ellos que suenan a revista satírica de humor muy negro.

Recuerda esto, lector, cuando vuelvas a ver, sentado en tu casa en la televisión, en la prensa o desde tu ventana una manifestación, una protesta, una sentada, un escrache, o como quiera que se llame. Te dirán que están locos, que son violentos, que son radicales o utópicos empedernidos, dirán que son anarquistas, sindicalistas, de ultraizquierda y hasta de ultraderecha, te dirán que son alborotadores y gente de mal vivir, dirán que son antisistema como si el sistema fuera bueno, todo eso y más cosas malas te dirán de ellos –de nosotros-, y puede que hasta te lo creas para que tu conciencia descanse tranquila. Pero no te engañes, utópicos o no están luchando por la justicia social, por la Justicia, con mayúsculas, por las generaciones futuras, por los que menos tienen, y aunque te parezca mentira están luchando también por ti.

Eloy Cuadra

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Opinión

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