Abr 21, 2013
0 0

Solidaridad o barbarie.

Written by
Share

Frente a la barbarie que se asoma por el horizonte de nuestro desangelado país, República dicen unos, más austeridad piden otros y también justo lo contrario, control y coto a los bancos, y a la corrupción, y un nuevo poder constituyente, y hasta salir del euro, y yo digo que todo pasa por la solidaridad. Porque… ¿qué es lo que realmente nos mata?: ¿la prima de riesgo?, ¿la corrupción?, ¿los recortes?, ¿la pérdida de derechos?, ¿el trabajo esclavo?, ¿Rajoy, Rubalcaba, Paulino, Merkel? Yo creo que no, yo creo que más allá de todas estas cosas lo que en verdad nos condena como sociedad es la incapacidad de salir de nosotros mismos, y el hecho de saber que en el fondo estamos solos en el mundo, tal cómo fuimos aquí arrojados.

Prueba si no, lector, a ver a cuánta gente conoces de verdad. ¿Cuántos amigos, cuántas personas conoces hasta el punto de poder decir que nunca te van a fallar? ¿Cuatro, cinco, tres, uno… nadie? Todos tenemos amigos, sí, y algunos también parejas, padres, madres, hijos, hermanos, pero… ¿son relaciones auténticas? O mejor preguntémoslo de otra manera: ¿pondrías tú vida en sus manos?, ¿confías plenamente en esa otra persona? En el fondo, salvo excepciones muy contadas, sabes que no. Crees que tienes amigos, te da la impresión de que te va bien con tu pareja, pero, desengáñate, cuando la cosa se ponga cruda, cuando llegue el momento de elegir entre el interés propio y lo que es justo -¿te suena esto del interés propio?-, ese otro en el que confías probablemente opte por el interés propio, un interés que no será el tuyo.

Este es el verdadero drama de Occidente y tal vez ya el de la humanidad entera.  Nuestras sociedades son conglomerados informes de individuos alienados encerrados en su propia subjetividad, temerosos, ignorantes, engreídos y en la mayoría de los casos con la empatía anulada hasta extremos que rozan la enfermedad. Todo empezó a fastidiarse, quizá, cuando le hicimos caso a Adam Smith al decir aquello de: «no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés». Y aquella frase se hizo dogma, y sobre ella se ha construido el mundo que hoy conocemos, y así, hoy tenemos inserta ya en nuestra más profunda psique a esa manera de pensar calculadora, cosificadora y fría que acaba tomando a todo el mundo por un objeto más, carente de todo valor intrínseco más allá del valor instrumental que pueda tener en un momento dado, vinculado a lo que nos interesa a nosotros y a nuestro beneficio propio.

Y este es el verdadero drama de Occidente y tal vez ya el de la humanidad entera. No es sólo una crisis económica, es un colapso de los valores que antaño nos hicieron humanos. Y es así cómo nos topamos hoy con tantos absurdos crueles que nos llevan a pensar con mucha razón que este mundo se ha vuelto loco de remate. ¿O es acaso concebible que en una sociedad mínimamente sana pudiera haber un país con 3, 4 o 5 millones de casas vacías con otro tanto de millones de personas muriéndose de tristeza sin tener un techo donde cobijarse? Tan absurdo y tan cruel cómo tener a un tercio de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza, con niños desnutridos y madres que pasan tres días sin comer por dejar para sus hijos, al tiempo que se tiran cantidades incontables de comida en los supermercados, con candados en los contenedores para hacerlo aún más cruel.

 

Por eso, o por esto, es por lo que llevamos ya unos cuantos años de depresión, de empobrecimiento y de caída en picado de todos los índices de bienestar humanos y no hay nadie que de con la tecla para cambiarlo. No hay nadie porque nadie se atreve a dar el primer paso hacia la renuncia, hacia un ser más generoso y donador que sea capaz de decir: “toma, esto es para ti amigo”, “después de usted”, o un simple “confío en ti”. Esto es así en el plano social, porque así está construida nuestra sociedad, y así se repite en la política o en la economía que nos dirigen: no hay nadie, político o empresario que esté dispuesto a dar el primer y arriesgado paso hacia la renuncia o la solidaridad en favor de los otros, siempre está antes el interés propio, el interés del partido, las expectativas particulares, frente a la renuncia y la unión. Un ejemplo de esto, la izquierda alternativa, siempre dividida, reinos de taifas que pescarán alguna cuota de poder ante la debacle de la izquierda capitalista, pero no van a lograr cambiar nada en el fondo.

Y es que por desgracia el sistema ha hecho muy bien su trabajo, para que la solidaridad no pueda entrar por ningún lado, no una auténtica solidaridad. Hablo del culto exacerbado a la propia imagen, la imagen externa por supuesto, sin nada en la cabeza más que pelo para peinar, y hablo del miedo que nos han inoculado deliberadamente, con mil catástrofes, pandemias, atentados y enemigos escondidos. Así, egoísmo, ignorancia y miedo forman la ecuación perfecta para que optemos siempre por el interés propio en detrimento de lo que es de justicia.

Entonces… ¿qué hacemos? Pues, no sé, no hay formulas mágicas, pero ya hemos probado muchas y ninguna da resultado, quizá porque falla la relación humana en el origen, y tal vez haya que empezar por la solidaridad. Solidaridad, esto es: Sol (luz, fuerza, energía vital) y dar (tú primero) y dad (ellos vendrán después). Por eso, se trata de dar siempre el primer paso sin esperar a que otros lo den por ti. Se trata de dar al que lo necesita sin esperar a que te de siquiera las gracias. Se trata de tejer redes de confianza donde no necesitemos leyes ni policías controlando a todo el mundo. Se trata de amar sin esperar a que nos amen primero. Se trata de caminar con poco o nada en las alforjas, así, tendremos mucho que ganar y menos que perder. Se trata de pensar primero que tal vez el otro tenga razón en lo que dice, y escucharlo, antes de hablar. Se trata de no tener miedo, y si lo tienes, como casi todo el mundo, que sea más fuerte la rabia, la indignación y las ganas de mejorar las cosas.

Y se trata también de no confundir solidaridad con caridad, algo que conviene aclarar antes de terminar. Caridad es lo que hace la Iglesia cristiana y todas las demás expresiones de generosidad afines. Pensemos en Cáritas, esa ONG tan nombrada en estos tiempos que corren, ellos dan pan a mucha gente y mitigan así el dolor y la miseria de algunos, en cambio, no levantan la voz contra los que generan esa miseria y ese dolor, cuando ellos, precisamente ellos, saben muy bien donde radica el problema y también por ende la solución. Luego, no son más que una gran mentira, presos otra vez de su interés propio. Una lectura similar podemos hacer de los sindicatos que dicen defender a los trabajadores pero no van hasta el final, o de los partidos políticos que dicen defender y representar a los ciudadanos, o de las asociaciones y plataformas ciudadanas en apariencia muy combativas, y de los ciudadanos mismos, todos, todos, acabamos siendo esclavos de nuestros intereses propios, y todos somos por consiguiente una gran mentira, incapaces de ir hasta el final en la lucha y el compromiso. Por eso, la solidaridad a la que me refiero aquí es algo más que un aparente compromiso mínimo con el Otro. Ya hemos visto que con esta clase de solidaridad caritativa y miedosa no nos vale.

Así, frente a la debacle a la que parece que estamos avocados, sea lo que sea lo que inventemos, creo que debe pasar por tener mucha de esta Solidaridad con mayúsculas de la que hablo, capaz de dar pan al que lo necesite y al tiempo no tenga miedo de ir con él, o sin él, a luchar contra el que le niega ese pan, a quitárselo de su despensa abundante, de su casa, de su banco o de su castillo si es necesario. Cierto que tal vez esté yo pidiendo con esto que seamos todos poco menos que héroes, pero es que tal vez sea eso ya lo único que pueda salvarnos.

 

Eloy Cuadra

Article Categories:
Contar · Opinión

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 
Share