Jun 15, 2012
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Justicia y Carlos Dívar

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De los tres poderes en los que se divide las funciones del Estado constitucional, sólo uno de ellos tiene la denominación de “Poder” por parte de nuestra Carta Magna. Este es el Poder Judicial, ya que al Legislativo lo denomina Cortes Generales, y al Ejecutivo simplemente Gobierno. La importancia que le concede la Constitución al Poder Judicial sobre los otros dos con este carácter simbólico ha quedado defraudada por su máximo representante el Presidente del Consejo del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Dívar.

De momento, no podemos entrar a valorar si sus actos son constitutivos, de delito o no, algo que probablemente la Justicia decidirá en un futuro. Pero por el momento, habrá que esperar a conocer el contenido de la resolución de la Sala Penal del Tribunal Supremo, que archivó esta semana la querella contra Dívar acusándole de estafa, apropiación indebida y malversación de caudales públicos.

Pero donde sí podemos entrar a valorar es en el terreno político, y es que la simple sospecha con más de un fundamento probado sobre un comportamiento reprobable que ondee sobre cualquier alto cargo del Estado, pasa sobre cualquier calificación jurídica para llegar a un ámbito político, y prácticamente moral. Por ello, ha sido una muy buena noticia que finalmente Carlos Dívar tenga que comparecer en el Congreso de los Diputados. En otros países europeos, cualquier tipo de comportamiento fraudulento, aunque no se hubiera cometido en el período de mandato de cualquier autoridad, supone tal vergüenza que el sujeto involucrado dimite en el acto.

De entre las virtudes y defectos del Presidente del Tribunal Supremo, hay una que resalta en cualquier referencia hecha a él en este último me,s desde el salto a la prensa de la “semana caribeña”, aunque ya no tan caribeña (léase los viajes a Cantabria), y esa virtud/defecto es la profunda religiosidad del jurista.

En un artículo publicado en enero del año 2001 en la Revista de la Hermandad del Valle de los Caídos por el señor Dívar que lleva por título “Justicia y Juan Pablo II”, se pueden extraer unas citas muy esclarecedoras que se deberían tener en cuenta, o al menos él, en cuanto a sus propias convicciones se refiere para sus actuación de los próximos días. Por un lado, Dívar afirma que “ante las graves formas de injusticia social y económica, así como de corrupción política que padecen los pueblos y naciones enteras, aumenta la indignada reacción de muchísimas personas oprimidas y humilladas en sus derechos fundamentales, y se difunde y agudiza la necesidad de una renovación personal y social capaz de asegurar Justicia, solidaridad, honestidad y transparencia”. Mientras que, en otro lado del artículo, dice rotundamente, parafraseando al Papa Juan Pablo II, “a los laicos, sed testigos valientes del evangelio en vuestro hogar y en la sociedad”. Simplemente, sin comentarios.

El daño a una institución, la Justicia, que Dívar está cometiendo día tras día mientras sigue presidiendo un poder que debe caracterizarse por su imparcialidad y por alcanzar una armonía social, es algo que la primera autoridad judicial no está cumpliendo, cuando debería ser alguien que diera ejemplo de ello.

En conclusión, siguiendo los valores y convicciones expresados por Dívar tiempo atrás, no debería postergar su dimisión, y por supuesto, evitar un humillante cese por parte del CGPJ. Y todo esto antes del lunes, el día en el que el Rey asiste al Tribunal Supremo con motivo de su bicentenario. El esperpento que puede producir la audición de un discurso lleno de los valores que encarna la Justicia, ante la persona que representa al Estado en sí, puede suponer la plena simbología de ese quebranto a la simbología que Carlos Dívar dijo querer evitar en su rueda de prensa.

Víctor Bethencourt Rodríguez (@victorbethen)

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Opinión

Comments to Justicia y Carlos Dívar

  • El daño a la institución no la causa el señor Divar, sino el apoyo recibido de la mayoría de los vocales del poder judicial y, también, del ministro del ramo y con él del gobierno y del partido que apoya al gobierno. Una democracia puede aguantar perfectamente la existencia de personalidades en el poder que cometan actividades indeseables siempre y cuando, una vez conocidas, sean inmediatamente colocados fuera de las instituciones del estado. Este señor ya está muerto, políticamente hablando, solo que como le pasa a todos los muertos no saben que ya lo están.

    Julio d.a. junio 15, 2012 12:17 pm Responder

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