Mar 4, 2012
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Para una definición escueta de las tendencia políticas neoliberales

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Tratamos aquí del neoliberalismo, tratamos por tanto con el demonio.

Sin duda, el neoliberalismo es la diana de casi todas las críticas políticas contemporáneas. Por varios motivos en los que resulta difícil indagar ahora mismo pero que, en un examen atento que pronto intentaré realizar, puede identificarse la semilla de la crisis económica y, por qué no, espiritual en la deriva política que se cierne sobre Europa y Estados Unidos de América a finales de la década de los 70´ del siglo pasado y que encuentra su alocada cumbre en la década posterior.

Originariamente el término neoliberalismo, en lo que respecta a su origen etimológico, no pretendía proponer una ruptura con el liberalismo clásico sino, muy al contrario, propiciar una renovación de éste. El término es acuñado en Alemania por un grupo de juristas que integraban la famosa Escuela de Friburgo. Su propuesta era, como ya he señalado, propiciar una renovación del liberalismo clásico pero sin romper con éste. Pese a ello, a principio de los años noventa el término adquiere claras connotaciones negativas; en primer lugar la crítica provenía de los sectores de la izquierda clásica y de la New Left que, en un giro histórico inesperado, terminaría adhiriéndose a las posturas neoliberales. Las críticas enfatizaban el nuevo rumbo mercantilista del planeta, esto es, el ansia de imponer una «mercantilización del todo» sin ningún tipo de resquicio de libertad con respecto a los dictados del mercado. Muy desde los comienzos de esta crítica se estableció una conexión inquebrantable hasta el presente entre el neoliberalimos y el «Consenso de Washington». La larga sombra del Consenso capitalino, o por valernos de una metáfora con ciertas reminiscencias políticas, el fantasma del Consenso comenzó bien pronto a recorrer, ya no Europa, sino todo el planeta. No en vano su voluntad era impulsar la globalización del capitalismo incidiendo en una modalidad de capitalismo de alta competitividad y escasa empatía hacia los sectores inadaptados al sistema. Es absolutamente inevitable aludir a las figuras que aportaron un cierto peso teórico a las inminentes teorías neoliberales; bien como héroe o como villano Milton Friedman juega el papel más destacado.

Milton Friedman comienza su obra teórica en el ámbito de la economía política en la década de los 50′ del siglo pasado, inicialmente, desde una postura de crítica descarnada contra el Keynesianismo siendo esta última postura el máximo exponente de las tendencias que defendían una intervención profunda del Estado en la vida económica ya fuera para: en primer lugar, quizá el más importante, asegurar unas condiciones materiales optimas para la vida de los ciudadanos y, en segundo lugar, no menos importante, para equilibrar los desajustes, esos que ahora sufrimos como nunca, en los sectores financieros pero también en ámbitos económicos más concretos. La supervisión, la regulación y, en última instancia, la intervención más o menos paternalista del Estado en la vida económica de las gentes era una de las voluntades del Keynesianismo al que Friedman se enfrentó. En términos más técnicos, pero sin despegar de los fundamentos de la teoría económica, mientras que los keynesianos defendían la necesidad de un aumento en la demanda de productos Friedman y sus acólitos pensaban que el aumento de la oferta, la hipertrofia de la oferta, traería consigo la demanda necesaria para acaparar lo ofertado. Ninguna postura ha sido tan desmentida por la historia como ésta última. Por poner un ejemplo, en la crisis actual la oferta ha alcanzando niveles absolutamente descomunales hasta generar una superproducción que jamás será absorbida por la demanda, una demanda que comienza a pasar de macilenta a pírrica. En la década siguiente, en los 60′, cuando curiosamente no parecían existir grandes problemas económicos y el nivel de vida en occidente subía como la espuma, Friedman propone un modelo macroeconómico monetarista. El monetarismo ponía el énfasis en el control Estatal, a través de los Bancos Centrales y Reservas Federales de turno (siendo la Reserva Federal una entidad no estatal, por aportar una paradoja inserta en la postura), un control, como decía, en particular del flujo monetario que se hacía circular en la economía real. Las nociones de redistribución de la riqueza, regulación de los mercados, control de los sectores económicos estratégicos por parte del Estado, todo aquel armazón inmenso se convirtió en manos de Friedman en un modelo abstruso, reduccionista y, como ha mostrado el paso del tiempo, ineficaz y ciego del todo. Para Friedaman, con todo, la inyección de capital en el sistema generaba un alto índice de inflación, estableciendo así la demonización de la entrada de capital fresco en el mercado. En la situación presente, curiosamente, la única aparente salvación pasa por inyectar una gran cantidad de capital en el sistema para aumentar la demanda, sin embargo, la postura de Friedman o, mejor, su mera sombra aparece en los políticos actuales que, siguiendo el viejo adagio del economista, replican que no puede exponerse el sistema económico a una previsible subida de la inflación. La postura de Friedman venía acompañada, como no podía ser de otra forma, por un paquete descomunal de privatizaciones que terminaban dejando a los Estados en «los huesos», sin fuerza para actuar y, lo que es peor, sin ningún tipo de potencial que desplegar ante las previsibles crisis.

Con una alegría que tan sólo se puede comprender asignando rasgos sociopáticos a su personalidad la «Dama de Hierro», es decir, Margaret Thatcher fue la primera gran política occidental que acogió por voluntad propia las posturas de Friedman sin ningún recelo. Su lema siempre fue el mismo, hacía las mayores maldades económicas, llevando a una gran cantidad de sus ciudadanos a la pobreza extrema, mientras replicaba con un «no hay otra alternativa». La percepción de que sólo existe una teoría económica válida para el capitalismo está tan arraigada en la ciudadanía, tras tres décadas de insistencia mediática, que la frase de Thatcher ha adquirido un carácter oracular. Recordemos, por ejemplo, su revival reciente en la campaña electoral del Partido Popular en las elecciones generales; Rajoy no dudaba en replicar permanentemente que iba a «hacer lo que hay que hacer», nueva modalidad, menos refinada, de insinuar que sólo existe un camino posible ya no para salvar la situación sino para conducir la situación, aunque sea hacia el desastre.

El neoliberalismo, con todo, no es una doctrina íntegramente monolítica. Quizá sea más común asociar este movimiento económico, tan predominante hoy en día, con movimientos de índole conservador. Así es que se habla del neoliberalismo conservador. Sin embargo, en la década de los 90′ Tony Blair, en la que ha sido la mayor puñalada histórica a los ideales socialdemócratas en su larga historia de más de un siglo, impulsó un paquete de medidas que incluían un cierto avance en derechos civiles de carácter progresista con una batería descomunal de medidas de inspiración neoliberal. Por primera vez en la historia de Europa un gobierno abiertamente socialdemócrata acometía la mayor de las tropelías contra su ideología. Cierto que ya se veía venir un cierto giro neoliberal en algunos precursores de la década anteriores, por ejemplo, en España Felipe González, pero nadie esperaba tamaña desfachatez. A la cuerda de Blair no tardó en sumarse Clinton en EEUU. Ciertamente el partido demócrata no ha sido, ni por tradición, ni por pretensiones un partido socialdemócrata a lo largo de su historia, es más, en el pasado defendió posturas (como la esclavitud) que resultan impactantes. Con este giro terminó por imponerse el modelo económico neoliberal en todos los partidos occidentales con alguna posibilidad real de gobernar. Un caso sorprendente de ineptitud neoliberal viene dado por el intento de conciliar, por parte del anterior gobierno español, dos tendencias económicas antagónicas. En la legislatura que transcurrió del 2004 al 2008 el recién entrado gobierno encabezado por J.L.R. Zapatero impulsó medidas de ampliación de los derechos civiles, aumento del estado del bienestar, y otras medidas de sesgo abiertamente progresista mientras apoyaba medidas económicas de carácter neoliberal descargando al Estado de su potencial económico. Con la llegada de la crisis financiera del segundo semestre del 2007 el gobierno comenzó a observar que resultaba imposible sostener un modelo de redistribución de la riqueza y aumento de las garantías sociales, medidas que suponen un mayor gasto, mientras se pretendía recortar la presión fiscal y descargar al Estado de obligaciones de tipo económico. Pronto comenzó a producirse una desnivelación de la balanza de ingresos y gastos entrando el país en una situación de déficit casi insalvable. Justo cuando la batalla parecía perdida Zapatero decido retornar a las medidas que había negado con anterioridad, es decir, propone una salida de la crisis valiéndose de un enfoque neokeynesiano; para ello, en la segunda legislatura, durante el año 2009 lanza un paquete de estímulo fiscal, llamado Plan E, que supone en ese ejercicio la mitad del déficit acumulado. Pronto el Estado español ha de interrumpir las medidas de estímulo, el motivo es sencillo: no queda dinero y la crisis de la deuda, es decir, el acoso sobre la deuda soberana, alentado por altos déficits, comienza a insinuar una segunda crisis encadenada a la primera que ha sumido al país, no sólo a éste, también al resto de Europa, en una crisis aún más aguda. La moraleja del movimiento político escenificado en la legislatura 2008-2011 en España nos muestra a las claras el precio pagado por la reconversión del modelo económico anterior a un ideario neoliberal con la, aún trágica, intentona de retornar a modelos keynesianos en el último momento. La moraleja es que, para cuando llegaron las medidas que nos podían salvar, el neoliberalismo ya había vaciado la despensa. Sin duda, cuatro o cinco años de medidas de corte keynesiano hubieran deparado un panorama muy diferente al actual.

L. David Cáceres Rodríguez

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Opinión

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