Feb 22, 2012
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Por la unidad de acción de ciudadanos y colectivos sociales

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El movimiento 15M y las manifestaciones ciudadanas que siguieron a aquella fecha nos mostraron que el malestar en España era generalizado. Fue un hermoso intento, una bonita primavera, pero algo falló. Desde entonces la situación no ha hecho más que empeorar y lo que amenaza por llegar no es en absoluto agradable. Ante este  panorama sobra decir que hemos de volver a intentarlo. Yo al menos lo voy a intentar, y voy a empezar con una cita que señala un camino, el célebre “uno para todos, todos para uno” que suena a mosqueteros y nos habla de unidad, y que es también el lema no oficial que acompaña a la fundación de Suiza, alumbrado a raíz de unas muy torrenciales lluvias que afectaron al país a mediados del siglo XIX. Casualidades o no, Suiza es hoy uno de los países más ricos del mundo y nunca fue invadido o atacado por nadie. La cuestión es saber si es posible pensar en algo así en un mundo tan paranoico, egoísta y violento como el nuestro. Muchos indicios nos dicen que no, pero también hay señales que apuntan a que es posible. Sin ir más lejos, el otro día comentaba con una amiga las dificultades que estaba teniendo una ONG caritativa para pagar el entierro de su fundador. Entonces, ella me habló del código no escrito que tienen los senegaleses que viven en el extranjero, que obliga a todos a sufragar los gastos de entierro y traslado del fallecido hasta su tierra natal en Senegal, sin importar que conozcan o no al  finado. Luego, parece que también hoy es posible practicar ese “uno para todos, todos para uno”.
He querido iniciar mi reflexión con este lema porque por este lema pasa cualquier intento de respuesta a la ola represiva y totalizadora que estamos sufriendo de la mano del insaciable poder económico y sus acólitos del poder político. Si bien, para llegar a ello habremos de desmontar primero algunos mitos y obstáculos que acostumbrar a minar cualquier intento de unidad social.

I
Salvando algunos obstáculos

Cuando la ideología es un problema.
Y la ideología es un problema hoy si de lo que se trata es de luchar contra la injusticia y el sufrimiento humano, es un problema porque divide. Y aclaro, no se trata de negarla, no quiero decir con esto que hayamos de olvidarnos de nuestras creencias, de nuestras raíces, de lo que aprendimos, de lo que nos ha traído hasta lo que hoy somos. La ideología puede estar ahí, detrás de nuestras acciones, puede tener color rojo o color azul, puede nacer de una moral marxista, de una cristiana o de cualquier otra, pero no importa mucho cuando hablamos de injusticia o sufrimiento humano, porque la injusticia y el sufrimiento humano son iguales y una misma cosa allá donde lo miremos y es lo único que debe preocuparnos hoy, pues crece y crece y crece sin parar.
Tampoco hay en esta afirmación ningún intento reduccionista-totalizador, argumentos que se suelen utilizar a veces contra los que rechazan la ideología. De entrada porque no propongo su rechazo sólo un cierto desapego, no colocarla en primer plano, no hacer de la ideología una bandera, un dogma, una fórmula mágica o un manual de consulta. ¿Acaso entienden de ideología el niño que llora porque no tiene para comer o el anciano que se muere porque no guardó suficiente dinero? El niño y el anciano sufren y es injusto su sufrimiento, luego, contra esa injusticia hay que luchar y así han de verlo todos si les queda un mínimo de conciencia de lo que está bien y lo que está mal, ya sean comunistas, nacionalistas, ecologistas, anarquistas, socialistas, republicanos, independentistas, altermundistas o conservadores. Dicho con otras palabras: la ideología está en la base de nuestras acciones, nos sustenta y nos ayuda a autoafirmarnos en lo que hacemos, pero hemos de saber aceptar también que otros compartan nuestras acciones desde otro basamento ideológico sin que eso suponga una limitación o un obstáculo para la acción.
Claro que, si fuera tan fácil cómo limitar la influencia de la ideología no estarían los movimientos sociales como ahora están, y es que hay otras cuestiones más allá de la ideología que dificultan tanto o más la unidad de acción de la ciudadanía comprometida.

Los prejuicios autolimitantes.
Prejuicios, que aparecen cuando ciudadanos y colectivos sociales muy ligados a la ideología en la que se han formado colocan a unos en el lado de los buenos y a otros en el de los malos, siempre, y sin matices. Ejemplo claro de ello lo tenemos en el individuo conservador por antonomasia, votante del PP o no votante, este personaje prototípico no será capaz de sentarse jamás con un “rojo” y trabajar junto a él. No puede hacerlo porque siente verdadero desprecio por todo lo que suene o huela a comunismo. Este individuo es un cúmulo de prejuicios autolimitantes, y así, aunque entienda que algo es injusto, nunca se unirá en la lucha con otros que no sean medianamente parecidos a él.
Por desgracia, esto mismo sucede en sentido inverso entre el ciudadano progresista-alternativo de izquierdas y otros muchos de los que no son similares a ellos. Desde todos los ángulos son muchos los que caen en el sempiterno dualismo de los buenos y los malos incapaces de comprender que no hay tal dualismo, somos simplemente un 99% sufriente frente a un 1% que abusa y manda, y todos, todos, en mayor o menor medida somos víctimas, aunque muchos no caigamos en la cuenta de nuestra situación. En todo acto prejuicioso se enfrentan la riqueza que encierra la diversidad y el miedo a lo diferente, y en ese enfrentamiento nos limitamos hasta el extremo de encontrarnos como nos encontramos hoy, cada uno haciendo la guerra por su cuenta o ni tan siquiera eso.

Los intereses menores.
Pero no basta con librarse de prejuicios y limitar el peso de la ideología para confluir en la unidad, aún hay más obstáculos por salvar, a saber: toda una red de intereses menores que se entrecruzan de tal manera que acaban por hacer imposible dicha unidad de acción.
En efecto, no todos están por luchar contra la injusticia y el sufrimiento humano, no todos al menos en la misma medida, unas veces porque no sienten realmente el sufrimiento ajeno y otras porque aún sintiéndolo no pueden porque se deben a otros intereses menores. Esto es lo que ocurre hoy de manera muy frecuente entre colectivos sociales: se deben a una causa a la que no pueden fallar, una causa que a menudo no les permite luchar a campo abierto contra la injusticia y la opresión. No pueden porque no son libres, porque al hacerlo ponen en juego su pequeña lucha, o su pequeña paga. Esto sucede mucho especialmente en España, donde colectivos y Organizaciones No Gubernamentales viven en su mayoría de subvenciones gubernamentales que los tienen presos de ese dinero convirtiéndolos en realidad en Organizaciones Sí Gubernamentales. Lo extraño es que este rendir cuentas a intereses menores actúa también en ocasiones en agrupaciones y plataformas ciudadanas sin financiación gubernamental ni conexión aparente con el sistema, y así, una y otra vez una razón calculadora, instrumental y fría termina por alejar nuestras acciones de la esencial lucha contra la injusticia y el sufrimiento humano. Más de lo mismo sucede en el plano individual, donde el común del ciudadano casi siempre tiene –aunque ahora ya no tanto- una casa o una familia o un trabajo por el que mirar.
Aclarado este punto hay que matizar no obstante las limitaciones que pueden surgir en el plano personal, donde es muy difícil ser completamente libre para la acción, y así hemos de entenderlo sin esperar que todos seamos héroes. No hay tal matiz en lo que se refiere a los colectivos sociales, a éstos sí que hemos de exigirles que pongan todas las cartas sobre la mesa y no engañen a nadie arrogándose defensores de algo que en realidad no son –de repente me acuerdo de dos sindicatos mayoritarios, no sé por qué-. Y es que en una situación como la actual, cuando es tanto el atropello, flaco favor hacen a la lucha por la justicia social los colectivos que ocultan servilismos e intereses menores.

Y por último el miedo.
En efecto, podemos aligerar la ideología y liberarnos de prejuicios y servidumbres menores, pero no estaremos del todo listos si no somos capaces de vencer el miedo. Y el miedo es mucho, porque es mucho lo que trabaja el sistema para inoculárnoslo, y hoy lo es aún más con el tsunami de represión, impunidad y pérdida de derechos que estamos sufriendo. Si bien es cierto que el miedo es inherente a todo ser humano, y con él no hay argumentos, ni consejos, ni reglas, ni razones pues es algo que pertenece a nuestro mundo interior. Pero aceptando esta realidad sí que podemos intentar que el miedo sea menor a nuestras ganas de cambiar las cosas, que sea menor al dolor y la rabia que sentimos por el devenir del mundo, menor al sentimiento que te produce el sufrimiento ajeno, menor a la angustia que te genera comprobar que no hay futuro para nuestros hijos.
“Sin casa, sin curro… sin miedo” es el lema del colectivo Juventud Sin Futuro. Ellos lo tienen claro. Mientras escribo esto, en Valencia la Policía está cargando desproporcionadamente contra estudiantes, algunos menores de edad. El resto, más o menos jóvenes, con trabajo o sin trabajo, con casa o sin casa, hemos de tenerlo igualmente claro: que no nos frene el miedo.

II
La unidad en la acción está

¿O acaso es posible pensar una unidad más allá de la acción? Quien la busque está condenado a equivocarse. Y es que, pese a los intentos homogeneizadores del pensamiento que tanto están cundiendo entre la ciudadanía pasiva, no ocurre lo mismo con esa otra clase de ciudadanía crítica que cuestiona y disiente. La diversidad está asentada en la base de los movimientos sociales crítico-alternativos y no hay forma de homogeneizar nada por más que lo intentemos. No existe ya “una” clase obrera, no hay “un” campesinado, tampoco existe “un” proletariado, la variedad es enorme. Los rebeldes al sistema, los comprometidos, los críticos, precisamente por eso, rara vez se prestan a paternalismos y directrices totalizadoras. Cada uno es, como suele decirse, de su padre y de su madre. Unos vienen de luchar por los derechos de los inmigrantes y otros grupos de excluidos sociales, otras luchan por la igualdad de género, otros contra la corrupción, otras por la violencia contra los animales, o por la destrucción del medio ambiente, o por el derecho a una sanidad pública, por el derecho a la educación, por la República, por la independencia, por los derechos laborales, por la cultura o por mi barrio, y así en un largo etcétera, unos más cargados de ideología y otros un poco menos, y en la variedad está la riqueza. No es posible cortar con la ideología y tampoco es recomendable intentar unificarla, sólo podemos respetar la de cada uno y mitigar su influencia para no ponerla en primer plano. Por eso, cualquier intento de unidad entre colectivos y ciudadanos no puede ir más allá de una unidad en la acción, en pro de la lucha contra la injusticia y el sufrimiento humano, denominador común de todas las luchas justas.
Ejemplos de estos errores de percepción tenemos muchos en el pasado, el más reciente y cercano lo recordaremos en la última gran manifestación convocada por el movimiento 15M y sus primos hermanos de Democracia Real Ya el pasado 15 de octubre. Recuerdo el lema, “sin logos, sin banderas”. Los quincemayistas habían entendido el riesgo que encierra dar demasiado peso a la ideología y como medida preventiva decidieron cortar por lo sano y borrarla del mapa, el problema es que acabaron cayendo en el prejuicio del que también habíamos de prevenirnos.
Y es aquí donde hemos de recuperar el “Uno para todos, todos para uno”. Hoy cada grupo o colectivo lleva su lucha particular, presenta su causa, informa, anuncia y denuncia esperando que otros se sensibilicen con su historia y vengan a sumarse. Pero, ¿se suman ellos a otras causas cuando se les reclama? La mayoría de las veces la respuesta es no. Bueno es recordar a los senegaleses, ellos siempre van, aunque no conozcan al difunto, aunque anden escasos de dinero, es el principio de solidaridad universal el que funciona aquí tan natural como la vida misma, un principio que en esta parte del mundo hemos olvidado casi por completo.
Imaginemos lo que sería si frente a cada atropello del sistema contra un colectivo determinado surgiera una marabunta de ciudadanos comprometidos a hacerle frente, seguro que se lo pensarían algo más antes de proceder. Un desahucio por ejemplo, ¿por qué han de ir sólo los cuatro que forman parte de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca? ¿Acaso no es una causa de todos?, ¿o estás tú completamente a salvo de perder tu casa? Si atacan a uno nos atacan a todos, ese debe ser el lema. Ahí y sólo ahí debe estar la unidad, una unidad en la acción y el compromiso de lucha, no más.

III
Injusticias, sufrimiento humano y globalidad

Avanzando hacia la unidad, toca ahora dilucidar qué cuestiones merecen ser tomadas en cuenta para presentar acciones conjuntas y qué otras no son tan importantes. Complicado a primera vista, aquí cada uno tiene su lucha. Haciendo preguntas hallaremos la solución.
Y serán tres las preguntas, como tres eran las preguntas que se hizo Kant, el gran filósofo, para enfrentarse a los secretos de la existencia (¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?). Las nuestras, eso sí, no nos llevarán tanto tiempo en su respuesta.
1.- ¿Es injusto?
Preguntémonos si lo que valoramos es injusto a la luz de toda razón más allá de la ideología. Si la respuesta es afirmativa independientemente de quien sea el que lo valore, el asunto merece ser estudiado. Pero claro, injusto es también que me engañen en la tienda y me cobren de más sin que me de cuenta, y es que injustas pueden ser muchas cosas. Por eso hemos de seguir preguntando.
2.- ¿La injusticia reporta sufrimiento humano?
Preguntémonos a continuación si la injusticia que valoramos comporta sufrimiento humano. Si la respuesta también aquí es afirmativa entonces el asunto merece seguir siendo estudiado. Pero igual que antes, también es injusto que me atraque un ladrón una noche de descuido, y me dolerá aún más si el ladrón lleva una navaja y le da por usarla conmigo. Habrá pues que buscar una tercera pregunta.
3.- ¿El sufrimiento afecta o tiene visos de afectar a una generalidad de personas?
Es la pregunta que nos faltaba: si el sufrimiento que comporta la injusticia que valoramos es un sufrimiento que afecta a un buen número de personas y existe el riesgo de que afecte a muchas más, entonces el asunto sin duda merece que se organicen acciones conjuntas por dicha causa.

Y así, con estas tres sencillas preguntas podremos saber qué causas son merecedoras de enarbolar el “uno para todos, todos para uno” y qué causas no. Para mí, en todo caso, no ofrecen duda:
La violencia institucional en todas sus expresiones. La violencia contra los precarios, las personas sin hogar, los inmigrantes, los que pierden su trabajo, los que pierden su casa, las mujeres, los niños, los jóvenes, los ancianos, y también la que se ejerce contra otros grupos humanos no encuadrados en los referidos anteriormente.
El recorte en derechos y libertades públicas. La sanidad, la educación, los derechos laborales, la justicia y la democracia misma –me refiero a la injusta Ley Electoral-.
Los ataques al medio ambiente. La naturaleza, la flora, la fauna, también tiene derechos, el planeta es nuestra casa y sus recursos son limitados. Parece una obviedad pero a muchos se nos olvida que de su pervivencia y estabilidad depende la pervivencia de la especie humana sobre la tierra, es lo que le vamos a dejar a nuestros hijos.
Y la corrupción política, con énfasis especial en esta cuestión. Pongo un acento especial en este asunto porque creo que está detrás y en el origen de todo lo demás, además de resultar fuera de toda duda que la corrupción política es injusta, acarrea sufrimiento y afecta a una globalidad. Injusto, a todas luces. Sufrimiento, no a corto plazo, pero sí a medio y largo plazo, y ya lo estamos sufriendo. Y lo sufrimos un buen número de ciudadanos, por no decir todos, a los que se nos priva de un dinero que necesitamos para otras cuestiones de interés general y se nos regala una pésima gestión con unos dirigentes que no son dignos de serlo.

IV
Entre el “folklore” y la democracia

Aclarado el “qué” toca hablar sobre el “cómo” de esa unidad de acción, esto es, cómo y en qué acciones concretas se traducen las luchas sociales. Para lo cual habremos de saber primero qué perseguimos con la acción. ¿Se trata de hacer despertar a la población dormida a una realidad parcial o totalmente oculta o lo que intentamos es incidir en el sistema para cambiar el estado de cosas?
Se puede conseguir lo primero –informar, sensibilizar, despertar- de muy variadas maneras, con manifestaciones, con concentraciones, repartiendo información en la calle, organizando conferencias, debates y jornadas, con performances impactantes, con desobediencia civil y con tantas cuantas cosas se nos ocurran para atraer la atención de la gente. Eso sí, hay que contar también con los medios de comunicación y su alineamiento mayoritario muy claro del lado del poder. De modo que muy impactante o masiva debe ser la acción para captar la atención de los medios generalistas, tengámoslo en cuenta.
Distintas serán las acciones si lo que buscamos es cambiar y mejorar las cosas, algo que creo más pertinente dado el actual estado de atropello ciudadano. Lo que ocurre es que es frecuente ver cómo se sigue intentando incidir en el sistema y cambiar las cosas con manifestaciones y concentraciones ciudadanas, de forma que la manifestación se torna un fin en si misma. Esto es a mi juicio un error, porque hoy por desgracia nuestros gobiernos se han hecho ya inmunes a las manifestaciones ciudadanas, de tanto repetirlas. La manifestación por si sola poco consigue. No pasó demasiado con la efervescencia del 15M, prueba es que hoy estamos bastante peor que entonces. Nada cambia con 500.000 personas en Madrid o 400.000 en Barcelona, nada sustancial sucede, salvo el instante de catarsis colectiva y la reafirmación popular en el desencanto. Algunas páginas en los periódicos al día siguiente y nuestros gobernantes seguirán pasando el rodillo a la gente, apretando cada día un poco más. A mi modo de ver, para que una manifestación surtiera efecto hasta el punto de lograr cambiar el estado de cosas, sería necesario que fuera muy multitudinaria y además permanente, como sucedió en Egipto por ejemplo. Tendrían que ser 2 millones de personas en Madrid, otros 2 en Barcelona y así proporcionalmente en cada gran ciudad española, y que no se marchara nadie en tres semanas. Entonces es posible que sí se asustaran un poco los de arriba y pensaran en hacer caso al pueblo. El problema es que eso está muy lejos de ser factible, de momento, en España, y es que aún no estamos lo suficientemente jodidos, según parece. Así las cosas, las manifestaciones corren el riesgo de convertirse en forma de folklore, y cuando unos se van al campo a beber vino y cantar canciones típicas o se juntan en una gran plaza para escuchar música y emborracharse hasta altas horas, otros más “locos” nos reunimos en la calle con pancartas y proclamas felices y caminamos por la ciudad regodeándonos de lo “chachis” que somos.
Sin menospreciar el valor de las manifestaciones ciudadanas, creo que es necesario explorar otras vías. Hay que hacer democracia mientras nos quede algo de democracia. Y la democracia funciona con leyes, con decretos, con iniciativas, con escritos en definitiva, con palabras que quedan plasmadas en un documento y luego se convierten en normas. Somos, en teoría al menos, Estados de Derecho. En torno al derecho gira la democracia y a eso hemos de jugar nos guste o no. Pensemos en cómo se defiende el sistema de los que intentan cuestionarlo: utiliza el derecho. A Garzón por ejemplo, lo han anulado aplicándole su misma medicina, a los manifestantes les mandan a la Policía a aplicarles la Ley de Seguridad Ciudadana, a los universitarios sindicalistas de AMEC les aplican una normativa para expulsarlos “acorde a la ley”, a los activistas prosaharauis los multan con 60.000 euros que no pueden pagar y a los ciudadanos en general nos aplican un Real Decreto como reforma laboral y nos joden a todos.
Usemos de la democracia ahora que aún podemos, con sus muchas imperfecciones y sus mentiras, aunque la consideremos una farsa. No importa, hagámoslo igualmente, denunciemos en los tribunales nosotros también cada vez que ellos se equivocan, ataquemos a la impunidad, igual que hacen ellos con nosotros, desarrollemos iniciativas legislativas populares, organicemos recogidas de firmas, presentemos denuncias masivas acompañadas de otras acciones originales e impactantes –con manifestaciones, ¿por qué no?-, invitemos a los ciudadanos a participar en el juego democrático, presentemos escritos aquí y allá, obliguemos al sistema a tener que respondernos, en definitiva, forcémoslos a escenificar su propia farsa.
Objeciones a la propuesta, no importa. Ya sabemos que la justicia también está controlada por el poder, que hay pocas posibilidades de que nos hagan caso, y ejemplos muchos de ello tenemos en España, con la Gurtel, el caso Camps, Botín. Da igual que no salgan adelante nuestras denuncias, quedarán retratados igualmente ante la opinión pública, como le ha pasado a Camps, no culpable judicialmente pero culpable y anulado políticamente a perpetuidad. Y es que la denuncia por esta vía ejercida por la ciudadanía ofrece múltiples ventajas, lo explico. La denuncia da imagen de seriedad y de valentía, ya que no se trata de salir a la calle anónimamente a gritar y luego marcharse, se trata de poner nombre y apellidos a una acción y recurrir a la Ley. Los medios todavía se toman en serio estas cosas, así, al denunciar estás desde el inicio informando, sacando a relucir un asunto, haciéndolo público. La denuncia tiene además un recorrido hasta su resolución, permite encadenar acciones de divulgación y denuncia paralelas. Y al final, la denuncia acaba con un resultado, procede o no procede, culpable o inocente. Si la justicia es como muchos piensan, parcial y decantada casi siempre del lado del poder, el resultado será la mayoría de las veces contrario a los intereses de los que denunciamos. Tampoco importa mucho, no se trata siempre de meterlos en la cárcel o de que salgan culpables. Culpables o inocentes, con el proceso en sí estaremos dejando las vergüenzas de nuestro sistema al descubierto, y el efecto logrado será grande: el sistema queda públicamente deslegitimado.
Y no es cuestión sólo de denuncias, también se pueden hacer propuestas en positivo. Iniciativas Legislativas Populares avaladas por una multitud de ciudadanos, y obligarlos a que las tomen en cuenta y las rechacen, porque al rechazarlas estarán volviendo a quedar en evidencia ante la ciudadanía. Y a menor escala usar también del escrito oficial, e inundar las administraciones de oficios obligándolos a que respondan tal como marca la Ley, y así otra vez quedarán en evidencia.
Jugando al derecho con sus mismas reglas estaremos despertando a la gente que aún duerme mostrándoles la verdadera farsa, restándole al poder al tiempo la poca legitimidad que les queda. Y bueno, quien sabe, entretanto es posible que alguna vez consigamos que el sistema acepte nuestros escritos y cambie alguna norma, apruebe alguna de nuestras propuestas o declare culpable a algún poderoso.

V
Uno para todos, todos para uno

Y bien, ¿qué más queda por contar?, ya está prácticamente todo dicho. A poco más que hagamos podremos al fin enarbolar ese “uno para todos y todos para uno” del que hablábamos al principio. Bastará con formalizar una coordinadora, plataforma o unión de colectivos y ciudadanos comprometidos donde se establezcan unos mínimos compromisos de acción conjunta sin entrar en litigios ideológicos con los que intentar imponer una ideología a otra; todas son válidas, todas respetables, pero todas en un segundo plano. Habremos de convencernos de que la lucha de cada grupo puede ser también la nuestra, y no habrá en la unidad de acción obligación alguna a perder la identidad o esencia de cada grupo. Entonces, si lo hacemos bien, los que mandan entenderán que si atacan a un grupo o causa nos están atacando a todos. Entonces puede que las cosas empiecen a cambiar.

En este punto, sólo queda una cuestión por abordar: ¿en qué lugar quedan los partidos políticos en toda esta lucha? O dicho de otra manera: ¿pueden los partidos políticos formar parte de ese “uno para todos y todos para uno” del que hablamos? Lo cierto es que no soy yo el más indicado para responder a esa pregunta, no tengo demasiada fe en cómo funcionan hoy los partidos políticos, y no porque no crea en la política, mi descreimiento viene dado por los muchos vicios y defectos que observo en los partidos. La mayoría están cargados de ideología, con la salvedad de que a la derecha la ideología es una y a la izquierda hay mil matices ideológicos que los tienen a cada uno haciendo la guerra por su cuenta, cuando no son los prejuicios, las jerarquías, las dependencias o las conexiones ocultas con el poder, y al final por una u otra causa pocas veces son libres para actuar en defensa de los ciudadanos.
Si acaso, motivos para la esperanza nos lo dan la gravedad de los acontecimientos que se suceden y el hecho de que no hay elecciones a la vista, de momento, no hay urgencias por tanto. Así, es posible que en algún partido lleguen a darse cuenta de todo esto y empiecen a funcionar como propongo aquí, como un colectivo más, libre de prejuicios, jerarquías, servidumbres e ideologías. Si esto llegara a ocurrir, cosa difícil pero no imposible, no hay duda de que ese partido podría convertirse en un instrumento importante con el que llevar las luchas y los intereses ciudadanos a otros espacios más cercanos al poder.
En cualquier caso y en espera de nuevos acontecimientos, queda aquí este memorandum aportando algo de luz a la causa de las luchas sociales. Espero no se molesten con algo de lo dicho, pero así es cómo lo veo.

Un 20 de febrero de 2012,
Eloy Cuadra Pedrini.

Article Categories:
Opinión

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