Dic 12, 2011
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Cuentos de cine en la vida real

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En España nos gusta hacer trampas, incluso, a veces, nos gusta engañarnos. Esta es la conclusión a la que llego después de ver y escuchar los diversos análisis que corren por doquier sobre la crisis económica actual. Desde luego, los hay muy sesudos, que merecen ser tenidos en cuenta, pero también los hay que no se salen del guión de lo políticamente correcto, aunque, en el fondo, seguir dicho guión supone la postura más cómoda, la más populista, y, a su vez, la que implica derivar toda la responsabilidad al malo de la película. Tenemos al héroe de la película frente a su alter ego, su contrapunto perverso. Aunque la verdad no se pinta de blanco o negro, sino de tonos grises.

En efecto, de lo que no se dan cuenta los que se acogen a este tipo de análisis es que lo que están perpetrando, de manera voluntaria o inconsciente, es un engaño que implica, en buena medida, un insulto, porque convierten al ciudadano en un irresponsable e inmaduro. Un ser que precisa, por su incapacidad, de la tutela continuada del Estado. Que necesita que el Estado siempre le esté guiando por la senda que marque, que nos diga lo que está bien y lo que está mal, qué es lo que debemos creer o dejar de creer. Y aceptar esta premisa, para mi falsa, daría pábulo a quienes sostienen posturas políticas antidemocráticas. En efecto, en sus razonamientos, parten de esta premisa que he expuesto, y por eso se necesita un dictador que nos proteja constantemente de los peligros externos.

En cambio, si partimos de la premisa adecuada, y es que tenemos la suficiente madurez para poder elegir a nuestros gobernantes, y lo hacemos con responsabilidad, tenemos que colegir que todos somos corresponsables de la mala gestión de nuestros políticos. Nosotros los elegimos cada cuatro años. Podemos equivocarnos la primera vez, que es lo razonable, pero si seguimos insistiendo en el error votando a quienes sabemos que no lo van a hacer bien, nuestro grado de culpabilidad será mayor. Y, en este sentido, no valen disculpas de que no había otra opción, puesto que siempre hay más opciones que la de seguir votando a quienes no nos gusta o, como muchas veces solemos justificarnos, al menos malo. Esas otras opciones son, votar a otro partido, votar en blanco o, por ejemplo, haciendo una demostración de responsabilidad cívica, intentar postularse como alternativa. En definitiva, haciendo algo en favor de la comunidad. Así que lo que ha de quedar meridianamente claro es que el mayor culpable, no es el político que lo hace mal, sino el que baja los brazos, se da por vencido y deja hacer. Puede parecer una afirmación gruesa, pero la consecuencia de la clase política que tenemos ha sido un continuo pasotismo social, un dejar hacer mientras que no interfiera en cada una de nuestras vidas. Teníamos que haber sido más exigente con nuestro voto. Regalarlo a cambio de nada, tiene como inevitable consecuencia la ascensión y perpetuación de los incompetentes y de los carentes de escrúpulos.

Pero no sólo somos responsables de la elección de nuestros políticos, que no han tomado las medidas adecuadas para evitar caer en la crisis que estamos viviendo, así como de la falta de las medidas necesarias para salir de ella lo más pronto posible, sino de ir más allá de nuestras posibilidades económicas, de juntar demasiadas letras a pagar al mes, para, en la mayoría de los casos, financiar caprichos (coche nuevo con todas las novedades del mercado, teléfonos móviles de última generación que los cambiamos con demasiada frecuencia, ordenadores, aspiradoras de más de mil euros…). En fin, dijimos si a querer tener un nivel de vida que no nos podemos permitir salvo recurrir al endeudamiento. Incluso, pretendíamos acceder a nuestra vivienda en propiedad sin tener siquiera un euro ahorrado para pagar una entrada; los gastos de notaría, registro y el ITP (en caso de transmisiones entre particulares); y, por supuesto, amueblarlo. Para ello recurríamos a cualquier financiera que nos ofreciera una financiación de más del 100% del valor del piso. Esta crisis, que están pagando mucha gente de manera de manera injusta, es la consecuencia tanto de los abusos de las entidades financieras, la falta de control por parte de nuestros asalariados (los políticos, para más señas) y de los excesos que cometimos casi todos en toda esta fiesta de la bonanza económica. No supimos vivir de acuerdo con nuestras posibilidades.

Por último, no quisiera dejarme en el tintero una observación adicional a esos análisis de película, y no es otra que su falta de propuesta alguna para salir de esta. A veces, cuando planteas lo que es, en mi opinión, una opinión razonable, por ser la más realista posible de entre las que se puedan proponer, como es recuperar la confianza en el mercado, ese ente tan denostado por parte de algunos paracaidistas intelectuales, para que vuelva a fluir el crédito, y así las PYMEs y autónomos podrán acceder al crédito necesario para empezar a crecer y crear empleo, llegan a sugerir que formar parte de la conspiración para que todo siga igual, y que los únicos responsables de la crisis se salgan con la suya. Pero, insisto, no les veo que alumbren alguna alternativa. Sólo se limitan a poner a caldo al personal como si eso sirviera para incrementar y reforzar su categoría intelectual. En fin, creo que todos, por el bien de todos, deberíamos seguir el camino de la prudencia, sentido común y honestidad (sobre todo, ser honestos con nosotros mismos).

José Enrique Carrero-Blanco Martínez-Hombre, abogado

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Opinión

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