Nov 21, 2011
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LA RETÓRICA POLÍTICA O EL ARTE DE LA MENTIRA: ACERCA DEL DEBATE PRESIDENCIAL.

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Decía el eminente matemático y filósofo inglés Alfred North Wihitehead que la historia del pensamiento occidental no era más que «notas a pie de página de la filosofía platónica». No puede quitársele la razón en un aspecto: Platón abrió para el pensamiento en general y también para el pensamiento político un abanico de problemas que han venido constituyendo el núcleo, a veces aparentemente insoluble, de todo el esfuerzo intelectual de los últimos dos milenios. También para el asunto que me gustaría tratar en estas líneas fue Platón el padre. En el segundo capítulo de su inmensa obra de teoría política titulada «República» plantea la cuestión de si, acaso, no será lícito para el político en algunas ocasiones mentir. Mentira útil, mentira noble o mentira necesaria son, desde entonces, lugares comunes en la jerga política. En la modernidad, con el surgimiento de la nación-estado, también es común referir la mentira de estado, la mentira necesaria que un gobierno ha de sostener por el bien del Estado aunque sea mala para la ciudadanía. La mentira tiene una función política evidente: excusar la acción política persuadiendo a la ciudadanía de que tal actuar está apoyado en el ferviente deseo de lograr un bien mayor para la ciudadanía, una mejora de sus condiciones. Sin embargo, la acción política, en el grado de complejidad actual está sometida a la presión de los lobbies, los mercados, los grandes capitales, a multitud de presiones ideológicas con las que cualquier gobierno ha de lidiar, las teorías económicas imperantes, los dictados exteriores y las imposiciones transnacionales, la corrupción que se teje en todas las esferas políticas (jamás se ha podido constatar que una cultura bajo un modelo político medianamente complejo careciera de elementos de corrupción) y un larguísimo etcétera… Finalmente, tras realizar la compleja ecuación de favorecer a quienes te pueden favorecer permitiendo que continúes en el poder o te hagas con él, el político se percata de que el imperativo político de favorecer a la ciudadanía ha quedado en un lugar muy secundario.
Grandes pensadores contemporáneos como Leo Strauss  han hecho del arte de la mentira en la política un auténtico motivo para su teoría política, su estela es tan inmensa que puede ser considerada la gran influencia de la corriente neoconservadora norteamericana estando a la base de los economistas de la escuela de Chicago y de casi toda la teoría política conservadora de la segunda mitad del siglo XX. A nadie se le escapa que en las grandes escuelas de política, en los estudios destinados a crear nuevos políticos, se enseña con total desparpajo todos los avances que en el mundo de la mentira se ha ido desarrollando. En un par de palabras: se enseña a los políticos a mentir. Para ello contamos con un cierto desarrollo teórico en el ámbito de la retórica, la lógica de la argumentación, la pragmática lingüística, la psicología del discurso, la filosofía del lenguaje y otras muchas ramas que tratan el asunto. Mi intención en las siguientes líneas es mostrar, sucintamente, hasta qué punto en el debate presidencial entre Rajoy y Rubalcaba ambos aspirantes mostraron, incluso explícitamente, que estaban mintiendo. En unas ocasiones, simplemente lo manifestaron abiertamente, en otras ocasiones no pudieron enmascarar la mentira y, pese a conocer todo lo relativo a la persuasión certera no supieron aplicar la teoría en la que, sin duda, sus asesores los habrán entrenado. Iré desgranando punto por punto algunas reflexiones en torno a la mentira en este acontecimiento y, muy especialmente, mostrando en lo posible en qué momento y hasta qué punto se valen de ella y la aceptan.
1. El momento en que la mentira se evidenció con mayor espectacularidad obedeció a una afirmación del aspirante a presidente del gobierno Alfredo Pérez Rubalcaba. Enzarzado en la discusión en torno a la educación pública que Rajoy rechazaba mediante contestaciones huecas Rubalcaba afirma: «ahora es usted el que miente». Teniendo presente que la última palabra apenas la pronunció esta afirmación casi cae del lado de los lapsus linguae. En la teoría psicoanalítica desarrollada por Sigmund Freud («Tres estudios de teoría psicoanalítica») los lapsus no hacen más que revelar, traer al lenguaje, un contenido subconsciente. En este caso, a Alfredo Pérez Rubalcaba le «traicionó el subconsciente» como acostumbra a decirse. Su afirmación deja a las clara que él asume que miente y, además, observa con total naturalidad que el otro, su adversario dialéctico, también se valga de esas armas. Observando el video, lo cierto, sin ningún género de dudas, es que Rubalcaba respondía a una mentira evidente de Rajoy; éste afirmaba que Esperanza Aguirre no había privatizado sustancialmente la educación pública en Madrid. Lo sorprendente del error retórico de Rubalcaba no es que mienta, venía de contestar a una mentira de Rajoy, lo sorprendente es que reconozca que miente. Sobra decir que Rajoy, bien sea por incapacidad o para no echar leña a las brasas de una técnica que todos usan, no quiso sacar rédito del error del socialista.
2. Rajoy se valió de varias técnicas retóricas que, según mi criterio, si bien no son mentiras explícitas son mentiras a medias. La voluntad fundamental del candidato conservador no fue otra que «no decir nada» acerca de todo aquello que pudiera tener relevancia política para los ciudadanos. Para ello se valió de recursos lógicos, por ejemplo, generar bucles absurdos en su argumentación terminando por donde había empezado pero sin concluir nada. Justo aquello que la retórica argumentativa más castiga. Un ejemplo extremo es el siguiente: a una pregunta de Rubalcaba el candidato del PP responde: «bien, le voy a responder, pero no le voy a responder (como usted quiere)». Pongo entre paréntesis la muletilla porque es un recurso para enmascarar la contradicción lógica. En términos lógicos Rajoy contesta que “a” entonces “no a”, justo el razonamiento más inválido que uno pueda imaginarse. A un ciudadano de la antigua Grecia este empleo argumental le hubiera causado una impresión tan amplia que lo habría dejado KO. Es la diferencia entre una cultura, como la que ellos tuvieron, donde la retórica era un arte muy serio y nuestra cultura, donde la retórica sólo sirve para dar mayor espectacularidad a los anuncios de nuevos noviazgos y rupturas sentimentales, caldo de cultivo del periodismo basura.
3. Rajoy, en un discurso que hubiera sido tildado de propio de un imbécil, pero que estaba bien estudiado por los asesores, empleó argumentos que generaban bucles cerrados. Por ejemplo, ¿cómo vamos a salir de la crisis?; la respuesta de Rajoy era siempre: creando empleo. Ante la pregunta: ¿cómo vamos a crear empleo? Su respuesta fue siempre: saliendo de la crisis. Esto es, que saliendo de la crisis se creará empleo a la vez que para salir de la crisis se ha de crear empleo pero para crear empleo hay que salir de la crisis para lo cual hay que crear empleo y así hasta el fin de nuestros días. En términos técnicos “p” coimplica “q” pero sin conclusión alguna. En el punto 2 y 3 tenemos dos argumentos que yo catalogaría como las dos mayores estupideces lógicas que pueden proferirse, en particular la pretensión de Rajoy de que “a y no-a” sean a la vez.
4. Acto perlocucionario, acto ilocucionario y gestos de acompañamiento. En la teoría pragmática del lenguaje pero también en la más elemental teoría de la retórica se presta especial atención a la armonía entre estos tres conceptos. La perlocución es la mera enunciación neutral, se podría afirmar que dotada sólo de semántica, que acompaña a toda oración. La ilocución, sobre la cual cae gran parte del significado real de lo proferido, está relacionada íntimamente con la entonación y el acompañamiento que se hace a las palabras que se emiten. Permítanme un ejemplo: “tu eres listo” tomado como conjunto de tres palabras con un significado denotativo claro (esto es, el significado del diccionario) puede tener tres o cuatro significados diferentes según cómo se produzca el acto de la ilocución. Por ejemplo digo: ¿tú eres listo? (con la entonación propia de la oración interrogativa) estoy dotando a estas tres palabras de un significado muy diferente al que obtendría si digo: ¡tú eres listo¡ El significado depende aquí de la entonación y no de la semántica estricta. Para los políticos y su credibilidad es fundamental lograr que la perlocución sea acompañada de la ilocución apropiada. La corrección entre ambas la marca el uso cultural y, cuando se habla con naturalidad, sin mentir, por ejemplo, se corresponden a la perfección. Sin embargo, cuando se miente la situación varía pues el hablante ha de: primero, perlocutir la mentira, que ya es una cuestión bastante complicada, en segundo lugar, entonar y acompañar gestualmente a la mentira de tal manera que no parezca una mentira. Dado que el que habla sabe que está mintiendo todo este proceso ha de ser controlado explícitamente, no se armoniza con la naturalidad del que habla sinceramente. Además, el mentiroso, en este caso los políticos, han de coordinar no sólo la mentira que dicen con la entonación correcta sino acompañar todo ello con los gestos apropiados, esto es, los gestos que haría una persona que, al decir tal cosa, no estuviera mintiendo. Una vez más, podré algunos ejemplos extraídos del debate. Sobre este apartado podría escribir párrafos y párrafos y no agotar todo aquello que, después de varios visionados, he podido detectar pero seré breve. Cuando Rubalcaba pregunta a Rajoy por el matrimonio entre personas del mismo sexo se da un fenómeno curioso en Rajoy: se descontrola todo su discurso y, muy llamativamente, sus gestos faciales. Comienza a padecer un tic, muy perceptible, en la ceja izquierda que se recrudece cuando habla (por cierto, en los momentos en que más evidente se hace el mentir). Es incapaz de acompañar sus afirmaciones con gestos de rotundidad o convencimiento, en cambio, comienza a padecer muestras de nerviosismo e inseguridad. Varios tics, tartamudeo e incluso cierta nubosidad en el arte de dar vueltas discursivamente sobre la nada para terminar no diciendo nada, asunto en el que es un maestro.
Clarificaré el asunto acerca de la armonía general de entonación, lo dicho y los gestos poniendo un ejemplo que, en su día fue motivo de sorna. Todos recordamos el discurso de Rajoy sobre la niña en el debate contra Zapatero hace ya casi cuatro años. Al respecto he de afirmar que ese discurso era de lo más apto, es decir, cualquier asesor hubiera recomendado tal cosa. La cuestión yacía en intentar hacer un llamamiento a la parte más emocional de los telespectadores y, en lugar de argumentar fríamente, intentar lograr una respuesta emocional en los oyentes. Porque, esto es obvio, parte de la eficacia del discurso depende de la capacidad para involucrar las emociones de los oyentes. El discurso a nivel semántico, es decir, en cuanto a su mensaje, era excelente. Pero Rajoy fue incapaz de acompañarlo de los gestos apropiados y de la entonación y enjundia emocional que merecía. Finalmente, este speech pasará a la historia como uno de los momentos más ridículos y surrealista de la historia política española. El motivo es sencillo, creo haberlo explicado en lo posible, no existía armonía entre lo dicho, el modo en que se dijo y los gestos que lo acompañaron. Rajoy se empantanó en un discurso emocional desde una frialdad insultante.
Con estas líneas he querido mostrar, hasta donde me ha sido posible, hasta qué punto la mentira es parte de la política. No temo afirmar que, hasta donde llegan mis entendederas, la retórica política puede definirse como el «arte de persuadir al oyente engañando sin que se note que se está  engañando». Todo ello rodeado de una moda por dar ideas cortas e impactantes que han venido a sustituir los argumentarios mucho más elaborados de antaño. «Por el cambio» (de segunda a tercera, a qué te refieres), «pelea por lo que quieres» (tranquilo, de eso ya me ocupo yo), «crearemos empleo» (sin decir cómo), «que viene el lobo» (vale, vale, pero es que hay gente que quiere que venga a ver si lo hace mejor), «por lo nuestro» (lo “nuestro” en sentido lato), «vota con fuerza» (por votar con fuerza tu voto no va a valer más que el que vota flemáticamente)  son algunas de las ideas llave o ideas fuerza tan de moda en la retórica política. Ninguna de estas ideas tiene utilidad ninguna salvo que en su repetición incesante generen una cierta apariencia de certeza. La argumentación política reducida a mentira e ideas fuerza es argumentación política para imbéciles y que nos traten como imbéciles debería ser ya un síntoma de aquello en lo que desean convertirnos.
L. David Cáceres Rodríguez.
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