Ago 3, 2011
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«No queda otra alternativa»

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«No queda otra alternativa». Éste es el enunciado que preside muchas de las medidas económicas que están golpeando con especial virulencia los pilares fundamentales del modelo socioeconómico que, hasta la primera gran oleada neoliberal, era motivo de orgullo para Europa (con la excepción de algunas dictaduras bananeras montadas en el caballo de la pobreza mientras sus vecinos prosperaban). El eslogan, nada inocente, fue esgrimido por primera vez, enmascarado en forma de argumento, por la Dama de hierro en su desenfrenado intento por convertir al Reino Unido en el segundo gran experimento macroempresarial del planeta, tras el rotundo fracaso del régimen despótico y totalitario de Pinochet-Kissinger en Chile.

Me gustaría intentar, en la medida de lo posible, destapar los presupuestos de fondo que se esconden tras una afirmación aparentemente tan inocente. El motivo es que, según mi criterio, tras el prejuicio que se esconde en este género de falsos argumentos se refugia una de las manipulaciones políticas y económicas más dañinas de las últimas décadas.

A nadie se le escapa que esta excusa es empleada hoy en día por políticos de todo signo. Así, por ejemplo, el final de la legislatura socialdemócrata en España ha estado marcada por una insólita prisa por culminar los deberes y las reformas que hay que hacer. En todo caso, lo que nunca ha quedado claro es qué medidas concretas son aquellas que revisten este carácter de obligatoriedad. A esa misma obligatoriedad alude la afirmación con la que comenzaba estas palabras: «no hay alternativa». Pues bien, los deberes, aparentemente innombrables, son esencialmente tres, exactamente los mismos tres deberes que acometió Margaret Tatcher en contra de la prosperidad de los habitantes de su nación hace ya casi tres décadas: la desregularización de la economía (semilla de la crisis económica actual), la liberalización del comercio y la industria y, finalmente, la privatización de las empresas estatales. Los efectos son, como se ha comprobado, fulminantes: las desregularización trae consigo un frenesí financiero que convierte la economía mundial en una ruleta (rusa) donde sólo apuestan unos pocos pero que afecta a todos, la liberalización es la antesala de la acumulación monopolística de los medios de producción que quedan, una vez más, en manos de unos pocos en detrimento de la gran mayoría (a la larga es la muerte anunciada de las pequeñas y medianas empresas) y, finalmente, la privatización y el adelgazamiento del Estado trae consigo la pérdida de poder del único cúmulo de instituciones sobre las que el sistema democrático (nuestra capacidad de elección) tiene alguna influencia o, en otras palabras, la destrucción larvada de las escasas cotas de democracia que pudimos alcanzar. La gran cuestión entonces es: ¿cómo se introduce y se hace claudicar a la ciudadanía ante un paquete de medidas que a todas luces traen consigo una pérdida de poder adquisitivo, una pérdida de calidad de vida y, en definitiva, una evolución hacia la ruina y precariedad para la mayoría?

Desde mi punto de vista, el primer paso que se tomó para convertir la miseria económica en una moda que casi todos están dispuestos a firmar está contenida en la afirmación tatcheriana: «no hay otra alternativa». Una enunciación que perfila a la economía como una suerte de ciencia que obedece a leyes necesarias e inmutables, esto es, asemeja las ciencias económicas a las ciencias naturales duras donde los fenómenos parecen obedecer a un cúmulo de leyes sobre las cuales la voluntad humana nada puede hacer (y aún esto es discutible para las ciencias naturales). Nada más alejado de la realidad: la economía es, básicamente, una actividad humana totalmente a merced de la voluntad ciudadana y donde apenas se pueden postular leyes inmutables. Salvando la idea de un necesario ajuste variable entre la oferta y la demanda es imposible imponer o sostener que un modelo concreto ofrece mejores reglas o fórmulas que cualquier otro. Sin embargo, la idea que se viene defendiendo desde las esferas políticas y económicas es que el modelo económico es absolutamente inmutable y perfecto, que sólo hay que obedecer a unas ciertas normas, reformar el capitalismo hasta convertirlo a las presuntas «leyes del mercado» y así hasta el infinito. Tan fuerte ha sido la presión mediática que, actualmente, la mayor parte de la sociedad occidental piensa que el único modo de capitalismo que puede existir es el capitalismo neoliberal (anteriormente resumido en tres puntos básicos), que la economía en términos abstractos se identifica con esta forma de capitalismo y que, además, este modelo es inevitable aunque sus consecuencias sean nefastas. Esto, y no otra cosa, quería decir Tatcher, luego Reagan y, finalmente incluso una socialdemocracia traidora que en los noventa estuvo encabezada por Clinton y Blair.

Los recientes movimientos sociales que reivindican una mayor democracia han logrado, por primera vez, dar en la diana: la democracia deseada es aquella donde la política institucionalizada incida y dirija a la economía y donde, a su vez, la política sea dirigida en sus trazos fundamentales por la ciudadanía mediante el ejercicio democrático. Muy al contrario, actualmente tenemos una dinámica inversa: el sistema económico ha propiciado que unos pocos tentáculos muy poderosos oriundos del mundo financiero manejen sin escrúpulos el devenir político de los Estados ocasionando una situación de creciente miseria que apenas ha empezado a aflorar pero que terminará devastando toda Europa. Frente a una situación tan alarmante queda afirmar, como al fin comienzan a hacer algunos gurús de la economía académica, que: «siempre hay otra alternativa», otra alternativa diferente a un capitalismo sin rostro humano.

L. David Cáceres Rodríguez

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Opinión

Comments to «No queda otra alternativa»

  • Pingback: “No queda otra alternativa” | Por Latino America

  • ¡Gran artículo!

    La economía ahora mismo no está subordinada al interés general (art.128.1 de la Constitución) sino a unos mercados que ahora mismo son sensibles ante cualquier declaración, o una simple foto, y que además viven en un completo estado de naturaleza. Además, es preocupante ver esa privatización de empresas que mencionas, como las de Loterías y Apuestas del Estado que eran un soporte de ingresos seguro para la Hacienda Pública desde hace casi 250 años.

    Víctor Bethencourt agosto 3, 2011 4:01 pm Responder
  • En mi humilde opinión el artículo no aporta nada nuevo que no sepamos, ni rasca más allá de la superfície.

    «Los mercados» somos todos nosotros, incluidos quienes leemos este artículo y quien lo escribe. Y la «economía» que, según el redactor del artículo y esa disposición pceísta de la Constitución, debería subordinarse al interés general, no es más que la interacción de todos los agentes económicos: el entrecruce entre unas necesidades ilimitadas y unos recursos limitados.

    Y ahí está la cuestión: mal acaban los postulados keynesianos y socialdemócratas si sus políticas se sostienen únicamente en traer recursos del futuro (más endeudamiento) en lugar de crear riqueza en el presente. No se puede ser keynesiano en tiempos de crisis a menos que lo hayamos sido también en tiempos de bonanza para ahorrar los recursos necesarios con que hacer frente a la recesión, en lugar de recurrir al endeudamiento.

    Asimismo, tenemos un poder político al que siempre le ha interesado mantener los privilegios de la banca: el sistema bancario de reserva fraccionada con coeficiente de reserva en caja para obtener financiación sin recurrir a la impopular presión fiscal. O lo que es lo mismo, el juego de 100 personas dando vueltas alrededor de dos únicas sillas, pensando que cuando deje de sonar la música habrá cien sillas: éstas son nuestros depósitos a la vista, de los cuales la legislación europea sólo obliga a nuestros bancos a mantener un 2% en caja, mientras que con el 98% restante puede hacer lo que quiera, prestándolo y represtándolo hasta, por magia del multiplicador bancario y de los asientos contables o tecleos en el ordenador, generar cincuenta veces la cantidad inicial de depósitos a la vista.

    Obtenemos así un sistema financiero con pies de barro, muy propenso a la generación de burbujas crediticias en los tiempos de bonanza, cuando ese dinero generado del multiplicador bancario se confunde con ahorro real, emitiendo falsas señales a los agentes económicos, que invierten y consumen por encima de sus posibilidades. Ese desbordamiento del crédito acaba con el apalancamiento del sistema bancario y el consiguiente aplastamiento del crédito.

    Si hay una actividad económica que atenta a los principios más elementales del liberalismo económico, por no atenerse a las reglas generales del derecho civil y mercantil, esta es la financiera y bancaria, basada en el sistema de reserva fraccionada que confunde el contrato de depósito con el contrato de préstamo, sistema que todos consentimos y del que somos cómplices en tanto nos beneficiamos de él por la gratuidad de la guarda y custodia de nuestro dinero.

    Carlos García agosto 4, 2011 1:06 am Responder
  • Siento haber llegado tan tarde, porque topé con este artículo hoy, gracias a que me lo recomendó un amigo.

    Estoy muy de acuerdo con lo que dice el artículo y me alegro de que alguien pueda plantear alternativas en un medio de comunicación. Opino que para salir de la crisis hay que recurrir a medidas keynesianas. Ignoro si son medidas nefastas, como defiende Carlos. Pero entiendo que la forma más sencilla y la más solidaria para salir de la crisis es aumentando la deuda en aras de reactivar la economía. Si hay que ahorrar, que sea en expansión económica, pero no en plena crisis, a causa de crear más pobreza y de cargarse la economía.

    Lucas Sainz septiembre 8, 2012 6:03 pm Responder

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