May 6, 2011
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A un paso de la barbarie

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La cultural occidental, esa extraña entelequia que ha reinado, según su propio criterio, durante los últimos dos milenios y medio ha fabricado en torno a su propia construcción conceptual ficticia un cúmulo de dogmas. Con afilada perspicacia los pensadores posmodernos popularizaron en la década de los sesenta del siglo pasado la noción de metarrelato enfatizando, a su vez, su función netamente ideológica para aludir a los cuentos más o menos inverosímiles que se han venido edificando con motivo de, en primer lugar, presentar la idea de una civilización occidental monolítica y diferenciada y, en segundo lugar, vender al gran público su superioridad moral, política, económica y de todo tipo. El gran metarrelato, la inmensa película occidental, urdida con motivo de la Ilustración esboza una historia, ni más ni menos que la historia occidental, tantas veces llamada, sin rubor, historia universal, de permanente progreso en todos los ámbitos, de domesticación paciente, no se sabe por quién, del homo sapiens hasta hacerlo devenir, al fin, se dice, en ser humano. Este metarrelato progresista tiene su anverso perfecto en el cuento decadentista adaptado para el uso ultraconservador que alcanzó su mayor popularidad con motivo de la inmensa e indocumentada obra de Oswald Spengler y que, de una u otra forma, encontró secuaces en figuras tan variopintas como Ortega, el propio Heidegger, y más recientemente en ideólogos del régimen neoconservador como Samuel Huntington. En una u otra versión del metraje decadentista la civilización occidental se ve amenazada de muerte en sus valores por la amenaza islamista, por la decadencia poco menos que orgánica, por la irrupción de la cultura de masas, y así hasta el hastío. Pese a todo, tanto la cara como la cruz de los magnánimos metarrelatos contienen un mismo punto de partida: somos seres civilizados, nuestras sociedades están bajo control, somos dignos de considerar superada la barbarie en nuestro seno. Luego queda en el gusto del teórico apuntar hacia arriba o hacia abajo, hacia la decadencia o el progreso.

El guión prefabricado que ha hecho de la película una realidad no deja de ser un eficaz instrumento ideológico para hacer aceptable la exportación, cual mercancía y junto con las mercancías, de occidente cuando es posible, o la aniquilación del enemigo ad hoc cuando los intereses geopolíticos así lo dictan y, sin embargo, pese a todo, se olvida que el peligro de la civilización occidental o de los que creen poder adscribirse a un abstracto tan escurridizo yace en su interior. Eso que es denominado como la Civilización no es más que una barbarie atemperada, latente y siempre dispuesta a explotar.

Por un lado la historia magistra vitae o no ha mostrado cuán rápido la placidez se convierte en ríos de sangre, en enfermedades ideológicas, en autodestrucción. Es difícil encontrar en otras culturas, esas que son catalogadas desde el mainstream como inferiores, giros hacia la barbarie tan absurdos e inusitados como los representados históricamente por dos guerras mundiales, la multitud de absurdas guerras exportadas al lejano oriente mediado el siglo pasado, la reciente guerra de la antigua Yugoslavia enclavada casi en el corazón de Europa o, por acudir al caso local, la guerra civil española. Cada uno de estos casos mostró a las claras un hecho: la mitad o casi la mitad de cualquier sociedad presuntamente civilizada está dispuesta a matar, incluso a su vecino, hermano, amigo, sin ningún miramiento por motivos ideológicos, económicos o, simplemente, por mero morbo u obediencia.

En una de las más aceradas crisis económicas de los últimos cien años y mientras sociólogos y filósofos intentan adivinar qué extraña alquimia mantiene la paz social los partidos extremistas, en un claro revival de aquel infausto 1933, comienzan, con el apoyo ciudadano, a lograr una amplia representación parlamentaria, incluso en aquellos países que fueron expuestos, para lucimiento internacional, como cumbre de occidente –me refiero, por ejemplo, a Finlandia, los Países Bajos o Bélgica–. Son, no cabe duda, los de siempre con las ideas de siempre.

A esto hemos de sumar el retorno de una variante de la economía capitalista que reconoce abiertamente, como no sucedía desde la revolución industrial, que no le importa lo más mínimo las personas y que esta dispuesta a recrudecerse, tornarse insufriblemente cruel, como muestra el ingente número de parados que no son otros que aquellos que el sistema no necesita, con tal de acrecentar las ganancias –de unos pocos–. De la casta política es preferible no hablar; ya es ampliamente reconocida la situación, si es que aún puede hablarse de políticos en una época donde el viento sopla siempre en el sentido que resulta beneficioso para los grandes intereses económico, intereses que al ciudadano no pueden más que escapársele.

El metarrelato ilustrado que presumía un avance gradual de la razón en los asuntos humanos no puede más que diluirse al observar que toda conducta significativa en el ámbito político y económico parece entregada a la más arcaica irracionalidad, siempre bordeando el abismo, siempre a un paso de la barbarie.

L. David Cáceres Rodríguez

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Opinión

Comments to A un paso de la barbarie

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  • Siempre me ha hecho gracia el discurso de algunos europeos masoquitas en lo intelectual que denigran constantemente los fundamentos de una sociedad que, por otra parte, ella solita ha dado pie a esto con su extravío actual de valores y de fines. Lo que no se puede hacer es jugar al miedo asustando con la extrema derecha, dejando ver poco más o menos que toda esa malvada sociedad occidental es capaz de la barbarie más absoluta. Yo le recomendaría al autor de este escrito que se diera una vuelta allá donde mutilan genitalmente a las mujeres o donde se les obliga a los niños a tragar el semen de los adultos, etc. y luego nos cuenta lo horribles que somos los europeos. Siempre y cuando, claro está, si no se lo comen.

    Julio mayo 10, 2011 2:24 pm Responder

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