Mar 23, 2011
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Encarecida agricultura

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Como no conozco el sublime idioma enoquiano con que algunos razonan, elaboran estrategias y argumentan sobre la agricultura gomera y su pasado esplendor y actual decadencia, recurro a los vulgares enfoques que tendría un vecino común e incapaz de interpretar con lucidez los datos que nos deja la historia.

Cada vez que sale el tema como consecuencia de una acción de cualquier institución para promover el campo, algunos arremeten y atribuyen responsabilidades por un deterioro que no es tal, porque se deteriora lo que tiene entidad, cuerpo, solidez. Y alguien con la mejor de las intenciones puede conseguir poco de aquello que siempre fue inviable, frágil, endeble, vulnerable.

Según lo que narran los cronistas, parece que la isla nunca tuvo fortuna en ninguno de los macroproyectos en que se embarcó, desde la caña de azúcar y la cochinilla, pasando por la vid y los cereales, hasta llegar al tomate y el plátano, éste último una esperanza efímera de apenas 40 años que, en realidad, sólo aprovechó a unos pocos en su momento de mayor éxito y demanda.

El cultivo de la caña de azúcar apenas fue testimonial. Como mucho, La Gomera sirvió de semillero para la reproducción inicial de las cepas que se traían de las Filipinas y que finalmente se sembraron en extensión en América, especialmente Cuba, donde el rendimiento fue excepcional y permitió un inusitado y soberbio auge económico para la entonces colonia.

La cochinilla tuvo mejor suerte, pero aparecieron de repente tintes más baratos en Europa que la condenaron a la desaparición, por lo que la isla se vió abocada nuevamente a buscar otro producto con el cual apuntalar el comercio que permitiera traer de fuera lo que no podía dar de sí y por sí el territorio.

Fue el turno entonces de los cereales y la vid, pero esta última padeció una terrible plaga a comienzos del siglo XIX que arrasó con la casi totalidad de las viñas, según deja constancia en un escrito el capitán de los ejércitos españoles Juan de Castro Ahíta, Comandante y Gobernador de las Armas en la isla durante ocho años, entre 1852 y 1860.

De Castro Ahíta -en un informe de logística y topografía que sazona con observaciones sobre la economía y la sociedad titulado La Isla de La Gomera en la Actualidad. Año 1856-, consigna “la pérdida del viñedo de donde bibían (sic) muchos” (pag 42).

Más adelante, en la página 57 de su crónica, detalla: “Desde la pérdida del viñedo ha ido todo en decadencia faltando el primer renglón al propietario y al proletario. Vense sumamente agoviados todos, y no teniendo bastante en los demás frutos para cubrir el pago de los impuestos que la nación necesita sino que haciendose notar la falta hasta para los trabajos se ben en la necesidad de emigrar, cuan nunca se habia visto en crecido numero para las Americas familias enteras”

Cualquiera puede esgrimir que a comienzos del siglo XX con el plátano, casi todo el norte de la isla estuvo cubierto de cultivos pero, como quedó dicho, aquello favoreció el bolsillo de muy pocos, aunque también el estómago de algunas familias íntegras cuya cabeza esperaba la noche para sisar una piña que, una vez guisada y condimentada con sobresalto y terror, sería el único manjar de todo un dia.

Sin embargo, aquello fue un esplendor momentáneo que duró hasta la aparición de otras fuentes de abastecimiento para los habituales consumidores y aunque “un plátano de Canarias es un plátano de Canarias”, a los gestores de establecimientos como Carrefour y Alcampo -con diferentes nombres o nacionalidades en diferentes momentos o propietarios-, les importa un plátano cuando consiguen el banano a mitad de precio, aun cuando tengan que transportarlo desde una distancia de cuatro mil kilómetros para venderlo…. ¡en Canarias!.

Un poco antes de eso, nuevamente la emigración y, unos años después, la aparición de fuentes de trabajo más atractivas -por los salarios y el status social- y menos duras -por el esfuerzo que hay que realizar-, como el turismo y la construcción, desangraron definitivamente el campo gomero en las décadas de los 50, 60 y 70.

El ya conocido estudio de la Dirección General del Medio Ambiente Ecoplan para la isla de LaGomera señalaba en 1984: “La clasificación agrícola del territorio demuestra claramente el retroceso del suelo cultivado y el notable aumento de la superficie [de labranza] abandonada” (pag. 94). O sea, cientos de gomeros, con todo el derecho del mundo, arrinconaron la azada y vistieron la pajarita o empuñaron la llana.

Porque la realidad es una sola: la agricultura de La Gomera fue básicamente de subsistencia debido a que la orografía conspira contra un rendimiento del suelo que haga viable cualquier empresa y, por otro lado, la geografía encarece superlativamente el transporte tanto interno como para la exportación. Tales empresas, además, están obligadas en la actualidad a pagar salarios bastante mayores que aquellos de los “tiempos de esplendor”, en que un jornalero cobraba apenas para comprar gofio, porque los zapatos eran entonces un lujo. En aquella época “Manuela Novedades” y “Cecilia” hubieran quebrado porque sólo hubieran tenido como clientes a los dueños de la tierra y únicos beneficiados por el boom del plátano.

A pesar de todo, el Cabildo mantiene una apuesta arriesgada en la medida de lo posible, creando las condiciones para todo el que todavía conserva un poco de interés, con inversiones en redes de riego e introducción de semillas y nuevas variedades.

Quizá en este último terreno se encuentre el futuro del campo gomero, aunque los escépticos son mayoría entre los agricultores, que todavía permanecen aferrados a sus tradiciones y no se apuntan a la novedad, como han hecho de un tiempo a esta parte sus colegas de otras islas, donde han apostado con fuerza por la piña tropical, el áloe o la papaya.

En las fincas de reproducción del Cabildo permanecen con futuro incierto los esquejes de lichis y mamey, dos frutas tropicales cuyo exotismo es la garantía del éxito, además de la bajísima exigencia de agua para sobrevivir y fructificar -apenas 26 litros por metro cuadrado a la semana. Toda la mitad sur de la isla es idónea para ambas plantaciones que, por su bajo costo de mantenimiento y alto precio por su rareza, constituyen dos opciones bastante seductoras.

Esperamos que estos apuntes reciban benevolencia de los enoquiano pensantes y si alguno se sintiera llamado a explicar cómo y porqué levitaba José de Cupertino, lo haga con la dulzura del mamey y el lichis y no con la acritud que generaba comer con miedo y sin sal un plátano hervido en mitad de la noche

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Opinión

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