Ene 28, 2011
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Oídos sordos

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Desilusión, desengaño, crispación, miedo, animadversión, pasotismo, desinformación… Con multitud de palabras podríamos describir la situación política que se vive no sólo en Canarias sino en el resto del territorio nacional. Una situación angustiosa y frustrante para cualquier comunidad de personas soberanas que ven que sus deseos no son aplicados como solución a la realidad política y social que estamos viviendo. Uno de los impedimentos para posibilitar la salida de una de las crisis en la que vive sumida nuestro país, la crisis política, es la creciente profesionalización de la política.

Por un lado, tenemos al político profesional, es aquel que considera la política su profesión, y la usa con dos fines: mejorar tanto su estatus social como su estatus económico. Y por desgracia esta es la figura de político que domina hoy en la escena nacional. Da igual que tengas poca cualificación, que tengas vocación por el servicio público, que quieras mejorar la felicidad de tus conciudadanos, ya que con sólo ser amigo del “jefe” o sus “amigos” puedes pasar a ser de un concejal a ministro, de ministro a director de alguna empresa pública o consejero de otra. Siempre quedará las listas al Parlamento Europeo, como las listas de cadáveres políticos o de personas un tanto molestas y que no conviene dar la apariencia de estarlos echando. Esta es la cruda realidad y la carrera a la que aspira cualquier político profesional. Señores y señoras asentados en sillones, eternizándose en ellos, enriqueciéndose en ellos y haciendo que los ciudadanos perciban una sensación de que nada pueden hacer para cambiarlos y esto hace que cada vez los ciudadanos se sientan menos representados por los políticos y más asqueados por el sistema.

Por otro lado, tenemos al modelo ideal de político, aquel que no considera de la política su profesión sino una actividad de servicio a los demás, de representar a los ciudadanos que lo eligieron en lo referente a los asuntos públicos. Suelen tener poco éxito, ya que su afán no es otro que mejorar la sociedad en la que viven y cumplen lo que dijo el sociólogo alemán Max Weber, “el político debe tener: amor apasionado por su causa; ética de su responsabilidad y mesura en sus actuaciones”. Aquel que más contacta con el ciudadano, con el sentir de la calle y hace que sus actuaciones sean más acordes y coherentes con los que sus representados quieren. Fueron de este tipo personas como Eduard Punset, que abandonó su puesto de trabajo, para dedicarse al servicio de sus conciudadanos, y realizar diversas funciones en la Transición relativas a la integración en las comunidades europeas. Y como él tantos otros médicos, escritores, científicos,… hoy olvidados. Por desgracia, son los que menos abundan y los pocos que existen suelen durar muy poco ante la presión de este mundo profesionalizado.

En los próximos comicios autonómicos, insulares y locales tenemos en nuestras manos el poder acabar con los gobernantes que tienen como seguidores del ideal de Maquiavelo, “la política como arte de mantenerse en el poder”. Seamos conscientes de que la responsabilidad primera no es de aquellos que están acomodados en los sillones de poder sino de los que depositaron su confianza en ellos y de los que no se acercaron a un colegio electoral el día que estábamos convocados a las urnas, la responsabilidad segunda sí que se puede atribuir a aquellos que se han esforzado para que los ciudadanos hagan oídos sordos a los asuntos públicos que nos conciernen a todos.

Víctor Bethencourt Rodríguez

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Canarias · Opinión

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